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Remar la memoria: una jornada en las venas vivas de Xochimilco

Xochimilco es uno de esos territorios que no se recorren, sino que es necesario descifrarlo a través de sus canales. No basta con subirse a una trajinera festiva ni con dejarse llevar por la postal colorida que ha colonizado el imaginario turístico.


Para entenderlo, hay que entrar por sus márgenes, por sus callejones, por sus silencios. Hay que remar.


Todo inició un sábado temprano, cuando la ciudad apenas comenzaba a desperezarse. Nos dirigimos al centro de Xochimilco para encontrarnos con Don Francisco, quien nos facilitaría los kayaks para una jornada de trabajo de campo que prometía ser tan física como reveladora. La mañana era clara, con ese sol que no agrede, sino que acompaña.


El trayecto inicial fue terrestre. Nos internamos en las laberínticas calles del barrio, sorteando comercios, puestos de comida, templos y una vida cotidiana intensa, íntima, profundamente arraigada. Xochimilco no es solo agua: es también un entramado urbano que dialoga constantemente con su pasado lacustre. Al final de un callejón angosto, casi como un secreto, apareció el embarcadero. Ahí nos esperaban los kayaks y el umbral hacia otra lógica territorial.


Partimos. Quince kilómetros de canales nos aguardaban, y con ellos, una jornada completa de inmersión en uno de los sistemas agrícolas más complejos y antiguos del continente: las chinampas. Estas “islas” artificiales, construidas a partir de capas de materia orgánica, sedimentos y vegetación, son un verdadero palimpsesto donde se superponen siglos de conocimiento agrícola y adaptación ambiental.


Nuestra primera escala fue la chinampa de Don Nicho. Un predio que apenas supera los dos mil metros cuadrados, pero que concentra una densidad de saberes difícil de encontrar en espacios más extensos. Ahí se practica una agroecología rigurosa: se producen hortalizas, se elaboran abonos orgánicos, se gestiona lombricomposta y se resguardan once variedades de maíz nativo. Cada surco es una declaración de principios.


Los canales internos de la chinampa rebosan vida. No es una metáfora: es una evidencia. Charales, caracoles, chinches acuáticas, acociles y, en algunos casos, ajolotes, habitan estas pequeñas venas que hidratan la tierra. La presencia de estas especies indica algo fundamental: calidad del agua. En un contexto donde los humedales urbanos suelen estar degradados, este equilibrio biológico es un logro que merece ser subrayado.


Mientras ayudábamos a preparar media tonelada de abono orgánico —una tarea que exige cuerpo y paciencia—, Don Nicho compartía su visión. Es un agricultor, sí, pero también un guardián del territorio. Su trabajo no se limita a producir alimentos: busca preservar un sistema completo, defender los canales, impulsar una transición agroecológica en una zona presionada por múltiples intereses.


La navegación continuó durante horas. A medida que avanzábamos, se hacían evidentes las distintas lógicas que coexisten en Xochimilco. Hay canales donde transcurre la vida cotidiana de los habitantes, otros dedicados a la agricultura campesina, algunos más orientados a la producción intensiva de plantas de ornato —que abastecen mercados urbanos— y, por supuesto, aquellos destinados al turismo. Es un territorio de tensiones, donde conviven modelos productivos, económicos y culturales diversos.


Al internarnos en la zona de humedales, la presencia humana comenzó a desdibujarse. El paisaje se abrió, el sonido del agua tomó protagonismo y el remo adquirió un ritmo casi meditativo. Avanzábamos con una cadencia que permitía observar, escuchar, comprender. En ese silencio relativo, Xochimilco se revela en su dimensión más profunda: como un ecosistema vivo, frágil y resiliente.


Visitamos también la chinampa de Don Francisco, un ejemplo notable de restauración. Recuperar una chinampa no es tarea de meses, sino de años.


Implica rediseñar sistemas hídricos, filtrar el agua, regenerar el suelo, reintroducir vida. Es, en esencia, un acto de paciencia y de fe en el territorio. Aquí, la agricultura anfibia se presenta como una práctica biocultural donde la experimentación, la creatividad y el trabajo constante son indispensables.


Al caer la tarde, emprendimos el regreso. El cuerpo acusaba el esfuerzo, pero la mente estaba en otro registro: uno de aprendizaje profundo. Don Francisco nos recibió con un vaso de agua fresca de piña, gesto sencillo que cerró la jornada con una hospitalidad serena.


Xochimilco, visto desde la navegación autónoma del kayak y no desde la trajinera, deja de ser espectáculo para convertirse en sistema. Un sistema donde la vida humana y no humana coevolucionan, donde el pasado no es ruina sino práctica vigente, y donde el futuro depende, en gran medida, de nuestra capacidad para entender que remar también es cuidar.

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