Las once en punto: cuando el campo se sirve un trago
- Humberto Thomé

- hace 3 minutos
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Hay horas que no se miran en el reloj: se sienten en el cuerpo. En muchas
comunidades rurales de México, particularmente en el sur del Estado de México,existe un instante del día que funciona como un pequeño paréntesis en la jornada agrícola. No aparece en los calendarios ni en los manuales de productividad, perotodos lo conocen. Es la hora del amigo. También se le dice “echarse el de las once”. Y en algunos lugares, simplemente, “echarse una chiva”.
La columna de esta semana no viaja a un lugar específico, sino a una memoria
compartida. Un paisaje hecho de parcelas abiertas, de sol alto, de herramientas apoyadas momentáneamente contra un árbol, de hombres y mujeres que suspenden el ritmo de la faena para encontrarse en torno a un trago. No se trata de un acto de ocio banal ni de una indulgencia alcohólica: es, en realidad, un marcador de temporalidad y de comunidad.
En el campo, el tiempo no siempre se organiza por horarios abstractos, sino por ciclos corporales y ambientales. La mañana empieza temprano, muchas veces antes de que el sol asome del todo. A media mañana, cuando el calor comienza a insinuarse y el cuerpo ya acumula horas de esfuerzo, aparece ese momento de pausa. Las once. La hora del amigo.
Alguien destapa una botella de mezcal. Alguien más saca pequeños vasos o jicaritas que han acompañado generaciones de encuentros. No es una borrachera ni una celebración estridente. Es apenas un sorbo que reconcilia el cuerpo con el día. El mezcal (destilado profundo de magueyes que han tardado años en crecer) se comparte como se comparten las historias: lentamente, con respeto.
En el sur mexiquense, donde la tradición mezcalera ha encontrado nuevas voces en los últimos años, este gesto cotidiano adquiere una dimensión cultural particularmente significativa. El trago de las once no sólo descansa el cuerpo: también renueva los lazos sociales. En torno a él circulan comentarios sobre la milpa, sobre el clima caprichoso, sobre los precios del mercado o las noticias del pueblo. Es un momento de conversación horizontal donde nadie es más importante que nadie.
La práctica también tiene variaciones curiosas. En algunas localidades se habla de “echarse una chiva”. El término puede aludir al acto mismo de beber, pero también remite a un licor particular llamado Chiva que se produce en El Oro, en el Estado de México. Como ocurre con muchas expresiones rurales, la palabra funciona al mismo tiempo como objeto y metáfora: la chiva es la bebida, pero también el gesto de compartirla.
Desde una mirada sociológica, estos pequeños rituales son profundamente reveladores. Las sociedades campesinas han desarrollado a lo largo de los siglos formas específicas de marcar el tiempo y de reforzar la pertenencia comunitaria.
La pausa del trago es, en ese sentido, una institución informal. No necesita reglamentos ni convocatorias. Basta con que alguien diga: “ya son las once”.
Esta reflexión surgió, curiosamente, en un contexto contemporáneo. Mientras preparaba una intervención sobre referentes culturales del mezcal para el 12º Foro del Agave y del Mezcal Mexiquense —celebrado recientemente en la Plaza Maclovia, en Ixtapan de la Sal— apareció esta imagen como una clave para entender algo fundamental: el mezcal no es solo una bebida, es un tejido de prácticas sociales.
Hablar del mezcal únicamente en términos de denominaciones, certificaciones o tendencias gastronómicas puede ser útil para el mercado, pero deja fuera su dimensión más íntima. El mezcal también vive en estos pequeños actos cotidianos donde la botella circula de mano en mano y donde cada trago se acompaña de una palabra.
En tiempos donde la prisa urbana nos ha acostumbrado a medir el día con alarmas digitales y agendas saturadas, imaginar la hora del amigo es casi un ejercicio de arqueología cultural. Un recordatorio de que el tiempo también puede organizarse alrededor del encuentro.
Quizá por eso la memoria de las once sigue viva. No porque alguien la haya decretado, sino porque responde a una necesidad profundamente humana: detenerse un momento, mirarse a los ojos y reconocer que la jornada se construye mejor cuando se comparte.
Al final, el trago de las once no es tanto sobre el alcohol como sobre la pausa. Sobre el derecho a suspender el trabajo por unos minutos y afirmar, en medio del campo abierto, que la comunidad existe.
Y que siempre hay tiempo, aunque sea un instante, para brindar por ella.














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