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Cuando el viaje se sirve en un tazón: noodles hechos a mano en Montreal

Las escalas largas tienen algo de regalo inesperado. En mi tránsito rumbo a

Barcelona, con varias horas por delante en Montreal, decidí abandonar la

comodidad del aeropuerto y perderme, literalmente, en su Barrio Viejo. Caminar

sin rumbo fijo es una forma de lectura urbana: las calles empedradas, la

arquitectura de clara impronta europea, las fachadas de piedra gris y las tiendas

concepto que combinan diseño, nostalgia y cosmopolitismo. Montreal se deja

recorrer como una ciudad que conversa en voz baja con París, pero piensa en

clave norteamericana.


La caminata se volvió contemplativa. Entré a iglesias, me detuve frente a vitrinas,

observé a los habitantes locales en su rutina. Sin darme cuenta, después de varios

kilómetros, la ciudad cambió de tono: los caracteres chinos comenzaron a dominar

el paisaje urbano, los aromas se volvieron más densos y las aceras más

bulliciosas. Había llegado al barrio chino, sorprendentemente cercano al centro

histórico. El cuerpo entonces habló con claridad: hambre, sed y la necesidad

urgente de sentarme.


Fue en ese momento cuando apareció el lugar. Pequeño, abarrotado, con una fila

que serpenteaba hacia la banqueta. Un restaurante diminuto de cocina abierta

donde el verdadero protagonista no era el menú, sino un hombre de mediana edad

que, con movimientos precisos y casi coreográficos, elaboraba tallarines a mano

desde cero. La masa se estiraba, se golpeaba contra la mesa, se multiplicaba en

hebras largas y uniformes. Era un espectáculo que atrapaba la mirada. En la

entrada, un letrero sencillo anunciaba en francés: Nouilles Lan Zhou.


No soy particularmente fanático de los noodles ni de hacer fila. Sin embargo,

decidí esperar. Más que por la promesa de una buena comida, por el ritual que se

desplegaba ante mis ojos. Treinta minutos después, una mesa se liberó. El menú

era breve, casi austero. Elegí una sopa de res anunciada como picante. Las sopas

asiáticas de caldo robusto tienen algo profundamente reconfortante: abrigan,

despiertan y ordenan el cuerpo tras largas caminatas.


El plato llegó humeante, abundante, fragante. Un tazón generoso donde flotaban

los tallarines recién hechos, trozos de carne, hierbas frescas y un caldo de

profundidad notable. Comer estos noodles exige desaprender. Aquí no aplican las

normas occidentales de mesa ni el decoro silencioso. Se comen a sorbos

ruidosos, aspirando el tallarín junto con el caldo, aceptando que el sonido es parte

de la experiencia. Incluso, pareciera que mientras más ruido se produce, más

sabroso resulta el plato.


Hay, además, una carrera contra el tiempo. Estos noodles deben comerse muy

calientes. Dejar que el caldo se enfríe es casi una falta grave. El comensal debe

medir el ritmo: sorber, masticar, respirar, volver a sorber. El picante despierta el

paladar, la grasa reconforta, el trigo recién trabajado ofrece una textura viva,

elástica, imposible de replicar industrialmente. Cada bocado es físico, inmediato,

honesto.


Más allá del placer sensorial, la experiencia revela algo más profundo. Este

pequeño restaurante de tallarines de Lan Zhou, instalado en una ciudad

cosmopolita como Montreal, es un ejemplo elocuente de las cocinas étnicas como

estrategias de supervivencia migrante. A través de la comida, quienes migran

reconstruyen su mundo, traducen su cultura y generan un espacio de anclaje

identitario. La cocina se convierte en lenguaje, en oficio y en refugio.


En escenarios urbanos globalizados, estos espacios son territorios de hibridación

cultural. Clientes locales, turistas y migrantes comparten mesa sin hablar el mismo

idioma, pero entendiendo el mismo gesto: comer. Cada plato es una historia de

desplazamiento, de adaptación y de resistencia. Quien estira los tallarines no solo

prepara comida; teje una biografía hecha de memoria, técnica y necesidad.


Salí del Lan Zhou con el cuerpo reconfortado y la mente despierta. Montreal me

había ofrecido, sin planearlo, una de esas experiencias que justifican el viaje. A

veces, basta una escala larga, una caminata sin rumbo y un tazón humeante para

recordar que el mundo también se entiende a sorbos.

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