Cuando el viaje se sirve en un tazón: noodles hechos a mano en Montreal
- Humberto Thomé

- hace 39 minutos
- 3 Min. de lectura

Las escalas largas tienen algo de regalo inesperado. En mi tránsito rumbo a
Barcelona, con varias horas por delante en Montreal, decidí abandonar la
comodidad del aeropuerto y perderme, literalmente, en su Barrio Viejo. Caminar
sin rumbo fijo es una forma de lectura urbana: las calles empedradas, la
arquitectura de clara impronta europea, las fachadas de piedra gris y las tiendas
concepto que combinan diseño, nostalgia y cosmopolitismo. Montreal se deja
recorrer como una ciudad que conversa en voz baja con París, pero piensa en
clave norteamericana.
La caminata se volvió contemplativa. Entré a iglesias, me detuve frente a vitrinas,
observé a los habitantes locales en su rutina. Sin darme cuenta, después de varios
kilómetros, la ciudad cambió de tono: los caracteres chinos comenzaron a dominar
el paisaje urbano, los aromas se volvieron más densos y las aceras más
bulliciosas. Había llegado al barrio chino, sorprendentemente cercano al centro
histórico. El cuerpo entonces habló con claridad: hambre, sed y la necesidad
urgente de sentarme.
Fue en ese momento cuando apareció el lugar. Pequeño, abarrotado, con una fila
que serpenteaba hacia la banqueta. Un restaurante diminuto de cocina abierta
donde el verdadero protagonista no era el menú, sino un hombre de mediana edad
que, con movimientos precisos y casi coreográficos, elaboraba tallarines a mano
desde cero. La masa se estiraba, se golpeaba contra la mesa, se multiplicaba en
hebras largas y uniformes. Era un espectáculo que atrapaba la mirada. En la
entrada, un letrero sencillo anunciaba en francés: Nouilles Lan Zhou.
No soy particularmente fanático de los noodles ni de hacer fila. Sin embargo,
decidí esperar. Más que por la promesa de una buena comida, por el ritual que se
desplegaba ante mis ojos. Treinta minutos después, una mesa se liberó. El menú
era breve, casi austero. Elegí una sopa de res anunciada como picante. Las sopas
asiáticas de caldo robusto tienen algo profundamente reconfortante: abrigan,
despiertan y ordenan el cuerpo tras largas caminatas.
El plato llegó humeante, abundante, fragante. Un tazón generoso donde flotaban
los tallarines recién hechos, trozos de carne, hierbas frescas y un caldo de
profundidad notable. Comer estos noodles exige desaprender. Aquí no aplican las
normas occidentales de mesa ni el decoro silencioso. Se comen a sorbos
ruidosos, aspirando el tallarín junto con el caldo, aceptando que el sonido es parte
de la experiencia. Incluso, pareciera que mientras más ruido se produce, más
sabroso resulta el plato.
Hay, además, una carrera contra el tiempo. Estos noodles deben comerse muy
calientes. Dejar que el caldo se enfríe es casi una falta grave. El comensal debe
medir el ritmo: sorber, masticar, respirar, volver a sorber. El picante despierta el
paladar, la grasa reconforta, el trigo recién trabajado ofrece una textura viva,
elástica, imposible de replicar industrialmente. Cada bocado es físico, inmediato,
honesto.
Más allá del placer sensorial, la experiencia revela algo más profundo. Este
pequeño restaurante de tallarines de Lan Zhou, instalado en una ciudad
cosmopolita como Montreal, es un ejemplo elocuente de las cocinas étnicas como
estrategias de supervivencia migrante. A través de la comida, quienes migran
reconstruyen su mundo, traducen su cultura y generan un espacio de anclaje
identitario. La cocina se convierte en lenguaje, en oficio y en refugio.
En escenarios urbanos globalizados, estos espacios son territorios de hibridación
cultural. Clientes locales, turistas y migrantes comparten mesa sin hablar el mismo
idioma, pero entendiendo el mismo gesto: comer. Cada plato es una historia de
desplazamiento, de adaptación y de resistencia. Quien estira los tallarines no solo
prepara comida; teje una biografía hecha de memoria, técnica y necesidad.
Salí del Lan Zhou con el cuerpo reconfortado y la mente despierta. Montreal me
había ofrecido, sin planearlo, una de esas experiencias que justifican el viaje. A
veces, basta una escala larga, una caminata sin rumbo y un tazón humeante para
recordar que el mundo también se entiende a sorbos.





















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