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En la Bodeguita del Medio: mojitos para entender una ciudad líquida

Cultura en Ruta

Territorios que cuentan


Hay ciudades que se revelan a través de sus monumentos, otras a través de sus plazas, y hay unas, como La Habana, que se entienden mejor a sorbos. Y quizá no haya sorbo más emblemático que el del mojito servido en la Bodeguita del Medio, ese pequeño santuario del trago que resiste el paso del tiempo en pleno corazón de La Habana Vieja.


El recorrido hacia la Bodeguita inicia por una calle estrecha donde los balcones coloniales casi se tocan. La cal se desprende aquí y allá, la ropa cuelga en cuerdas improvisadas y los autos antiguos se posan en los alrededores, como si también ellos contemplaran la ciudad y el pasar del tiempo. De pronto, entre el bullicio y el calor espeso, aparece el local: paredes azules, un letrero inconfundible, la sensación de estar entrando a un capítulo vivo de la historia cubana. Es imposible no detenerse un segundo antes de cruzar la entrada, como quien saluda a un viejo amigo al que no veía desde hace años.


Adentro, la palabra “abarrotado” se queda corta. Turistas y locales conviven en un vaivén continuo mientras la barra de madera maciza, gastada y brillante, guarda el peso de miles de codos apoyados. Esa pátina oscura es un archivo vivo: conserva discusiones políticas, amores fugaces, despedidas, reencuentros y las risas de medio siglo. Hay lugares donde la madera es solo madera. En la Bodeguita, la madera es memoria.


Los cantineros, vestidos con guayaberas de un blanco inmaculado, parecen haber estado ahí desde siempre. Se mueven con una mezcla de oficio y coreografía, como si cada mojito formara parte de un ritual heredado. Uno de ellos aplasta suavemente unas hojas de hierbabuena fresca en el fondo del vaso, añade azúcar blanca con precisión de relojero, exprime unas gotas de limón y deja que el aroma herbal se eleve en el aire cálido del bar. Luego, el sonido del hielo roto contra la barra anuncia que el rito avanza. Vierte ron ligero siempre cubano, siempre generoso, corona con un chorro de agua mineral y remueve con un gesto casi paternal. El vaso se convierte en un pequeño templo transparente donde el verde, el cristal y el dorado se encuentran.


Hay penumbra en el ambiente, pero no de melancolía; es la penumbra íntima de esos bares que parecen existir fuera del tiempo. La luz incide en diagonales suaves, iluminando rostros y creando sombras que se mueven al ritmo de la música. El aire huele a tabaco dulce, a humedad antigua, a ron derramado en las esquinas. A decadencia sofisticada, esa que solo los viajeros reincidentes aprendemos a saborear.


En una esquina, un cuarteto toca son cubano. La voz principal pertenece a una mujer negra, de ojos soñadores, capaz de atravesar con un solo verso todo el espesor del clima habanero. Su voz es soberbia, profunda, como si arrastrara con ella toda la historia de la isla. Los turistas se dejan llevar por esa cadencia que invita a bailar incluso a quienes aseguran no saber hacerlo. Aquí nadie juzga; La Habana enseña que basta con sentir.


La gente ríe, se abraza, brinda, se enamora un poco. El primer trago del mojito sabe a gloria fría en una ciudad caliente, tan caliente que cuesta distinguir si la humedad viene del clima o del propio aliento colectivo que se exhala entre música y risas. El mojito entra como una caricia, como una tregua del cuerpo ante el calor y del espíritu ante la historia.


Y es que la Bodeguita del Medio es más que un bar: es una metáfora de Cuba misma. Una historia líquida que fluye entre turbulencias y notas de frescura, donde el ron simboliza la fuerza, la hierbabuena la esperanza y la mezcla final el destino compartido de quienes pasan por ahí. Al beber un mojito en la Bodeguita bebemos también un fragmento del pasado, del mito y de la persistencia.


Después del último sorbo, salgo nuevamente a las calles laberínticas de La Habana Vieja. El calor vuelve a abrazar, la música se apaga detrás de mí, y la ciudad continúa desplegándose con ese lenguaje indescifrable que solo se entiende cuando se camina… o cuando se bebe. Porque en La Habana, cada calle; como cada mojito, cuenta una historia que solo puede saberse a tragos.

 

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