VISIÓN Y PROPÓSITO DEL DIRECTOR
- Jaime Suárez

- hace 19 minutos
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¿Quién es la persona que dirige la empresa? Y no pregunto por el nombre del director, ni por todos sus blasones, su experiencia o lo que estudió; voy al fondo de la persona: ¿quién es? ¿Por qué debería interesarnos saber qué tipo de persona es el director? Porque de ahí partirán los resultados de la empresa y su permanencia en el tiempo.
Me podrían decir que eso no es cierto, que depende del mercado y de cómo ejecutamos mejor. Y es cierto, pero ante esas circunstancias del mercado y la forma en que operamos, es porque el director tuvo la visión, definió el rumbo y buscó a quien lo ejecutara mejor que él. Atrás de esas decisiones se encuentra una persona que se formó como todas.

Dice la psicología que de los cero a los tres años es cuando se forma el carácter del individuo; es decir, nuestros padres o tutores nos instalaron el «software» bajo el cual operaremos en la vida. Ya luego siguen mejoras en el lenguaje, empezamos a socializar y nos enfrentamos a la construcción de nuestra autoestima. Es decir que, para que todo eso funcione, el «software» (sistema operativo) nos ayudará a responder ante las circunstancias de la vida. Por eso los tres años son fundamentales; de ahí que todos tengamos una identificación primaria, ya sea con papá o con mamá, lo que significa que inconscientemente tenemos más cercanía con uno o con otro, y eso nos permite tener seguridad en nuestro actuar.
Recordemos que nuestro cerebro es más instintivo que racional; al inicio de los tiempos, la tarea primaria del hombre era sobrevivir, por eso siempre estaba en modo de alerta con la adrenalina y el cortisol a tope.
Esos dos deseos van unidos siempre. Si solo vemos el deseo de crecimiento personal y no le incluimos que ese deseo debe contribuir para algo más bueno y mejor —y hago la separación de lo bueno y lo mejor porque a veces «lo mejor es enemigo de lo bueno»—, distorsionamos el propósito. Por eso, cuando pregunto quién es el director, estoy hablando de todo esto que hay detrás de su liderazgo; de ahí que, si queremos ampliar el talento de nuestra gente, todo debe empezar por él mismo.
Ahora bien, ¿cómo se desarrolla el talento? A través de la formación de hábitos que nos van moldeando; hábitos que no son solo la repetición automatizada de actos, sino que suponen una elección consciente y continua que va «cincelando» nuestra manera de pensar, sentir y actuar.
Por ello, una herramienta fundamental que tiene el director —y la gente que aspira a serlo— es practicar una y otra vez el autoconocimiento: saber por qué somos como somos y hacemos lo que hacemos, y empezar a desmontar aquellas «creencias» que son contrarias a nuestro propósito. Ahí nos va a ayudar nuestra fuerza de voluntad a lograr nuestro autocontrol. Pero para ello debemos estar en el aquí y el ahora para identificar pensamientos destructivos, palabras que no se debieron decir y acciones que no se debieron realizar (o algunas otras que no hicimos y que sí debimos llevar a cabo). ¿Para qué? ¡Para corregirlo de inmediato!

En esta columna, el director debería tomarse un momento para preguntarse quién es y por qué es así. Debería desmontar algunas ideas de su «sistema de creencias» —de ese «software» que nos instalaron nuestros padres y que con el tiempo fuimos arraigando (aunque por supuesto quitamos otras)— y reflexionar: ¿no sería un buen momento para darle un upgrade y que guíen todo lo que somos, tanto en el ámbito personal como en el profesional, los dos deseos superiores: el crecimiento personal y la contribución a nuestra familia, amigos, colaboradores, comunidad y, en general, a la sociedad?
Una vez que sobrevivió, el siguiente instinto fue la procreación: permanecer en el tiempo. Al avanzar el tiempo y el desarrollo educativo, económico, social, tecnológico, etc., el cerebro se reconfiguró, se hizo más grande y más inteligente.

Por eso la psicología actual nos dice que nos impulsan a actuar cuatro deseos básicos, pero también nuestro cerebro racional le da orientación a dos deseos de índole más elevada. Los básicos son: seguridad, variedad, singularidad y conexión. Cuando son gestionados de manera inteligente, van de la mano y se ordenan naturalmente a los deseos superiores: el deseo de crecimiento personal y el de contribución. Ahí está la gran esperanza que el cerebro intelectual aporta para el progreso y mejora de la sociedad.


Recordemos que el subtítulo de esta columna es la búsqueda del liderazgo para el bien común. Por eso, cada mejora a nivel personal será una gran oportunidad para lograrlo y convertirse en la columna maestra de una sociedad: buscando nuestro bien, pero orientado a contribuir al bien de los demás.
¡MANOS A LA OBRA!







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