Valor y valores: la tecnología al servicio del ser humano

Si es bueno para los individuos y la sociedad, acabará siendo bueno para las empresas. Vivimos en un mundo donde la tecnología y la IA están cambiando nuestra forma de hacer las cosas; donde el celular inteligente que traemos en la bolsa es más poderoso que toda la NASA cuando envió al hombre a la luna en 1969; donde casi cualquier tarea la puede hacer un chatbot en unos cuantos segundos. Ante esto, podríamos celebrar estos avances y esperar que la IA nos resuelva la vida, porque ejemplos hay muchos: un robot es nuestro amigo virtual con el que compartimos nuestras emociones, pensamientos e incluso le preguntamos qué hacer, como un terapeuta virtual o un consejero empresarial que, además, en algunos casos ¡es gratis! O bien, podríamos sentir no solo miedo sino pánico, tan es así que los líderes de estos modelos de IA han expresado su temor de que se automejoren sin supervisión humana y han dicho que se debería ralentizar este avance tecnológico, porque no sabemos a dónde llegaremos ni cuáles serán las consecuencias para nosotros.

En Europa, por ejemplo, ya existe una legislación que trata de regularla, aunque creo que sin mucho éxito. Sin embargo, ¿dónde debería estar la verdadera regulación de estos modelos? Creo firmemente que en nosotros, los usuarios, porque, como saben, toda tecnología es amoral; es decir, no tiene un sistema de valores morales para determinar qué es bueno y qué es malo. Nosotros somos los que decidimos si la usamos para crear valor o para destruirlo, para curar un cáncer o para encontrar la fórmula para matar a miles de personas.
Nosotros deberíamos dictar esos valores y traducirlos en reglas para evitar que el uso y abuso de la información ponga en peligro los derechos fundamentales de las personas. De ahí que el centro de toda tecnología deba ser el ser humano, y no la tecnología el centro de todo. La empresa debería basarse en un modelo de negocios orientado al fin común, pero ¿quién lo decide? ¿Lo decide el director, el mercado, los accionistas, el personal, o lo decide el dinero? Esta es la disyuntiva que, día con día, los directores deberían plantearse al tomar una decisión. Por eso nuestra obligación es ejercer un liderazgo con responsabilidad, con valor y valores. Valor para decidir que hay principios que deben prevalecer, y valores que conformen una sociedad mejor, más justa.

¿Cuál queremos que sea nuestro legado?
Recordemos: el talento de los directivos marca en buena medida el rumbo de una sociedad, por eso es muy importante que el director tenga el deber de hacer las cosas bien. Cuando digo que deberían tener valor y valores, me refiero a valores que compaginen la oportunidad que nos brinda la mayor revolución tecnológica de todos los tiempos con reglas (valores) que la hagan humana y solidaria.
Valor para decir que no todo vale, que hay un bien común que es necesario alcanzar para que la tecnología realmente mejore la vida de todas las personas.
Todo lo que hagamos, por acción y omisión, es responsabilidad del director. Así es que ¿qué estamos dejando nosotros, como directores, en nuestro equipo y, por supuesto, en la sociedad? ¿Nuestras decisiones están pensadas con nuestros valores personales o con los de la empresa? ¿Nuestra visión es cortoplacista o estamos preparando la empresa para las próximas generaciones? ¿Dirigimos con valor para evitar las tentaciones del juego de suma cero (la especulación), o realmente dejamos que las “pequeñas ganancias” nos desvíen de nuestro destino, o que el “se puede hacer todo” nos gobierne? Y tú, ¿cómo estás usando la IA en tu empresa? ¿La dejas que decida todo con su consejo, o la usas como una herramienta que te permite complementar la información que tienes para que tú tomes la mejor decisión?

Para cerrar, les recuerdo que un líder es aquel que utiliza de forma armoniosa su cabeza (mente), corazón, cuerpo y alma; que escucha y conversa; que encuentra perspectiva en un mundo siempre cambiante. Ese es quien hará prevalecer y crecer a las personas y a las empresas en este incierto pero emocionante futuro.

¡El timón está en sus manos. Y la decisión también!
¡Manos a la obra!








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