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LIDERAZGO PARA EL BIEN COMUN

hace 1 día
4 min de lectura

El quehaSER del director / Jaime Suárez

Columna 7 El hábito como punto de partida  


En esta oportunidad seguiremos hablando del SER del director. Creo firmemente que, para ser un director de excelencia, primero debe trabajar en el perfeccionamiento de su persona; es decir, primero me autoconozco, reconozco mis limitaciones y mis fortalezas, mis emociones y sentimientos, y mis actos, que al fin y al cabo definen lo que soy. Somos un cúmulo de hábitos que nos ayudan a sortear la vida, pero como en todo, hay algunos buenos y otros no tanto: algunos nos hacen bien y otros incluso nos llevan a conflictos personales y físicos, otros nos pueden llevar a la ruina económica y profesional.  

autoconocimiento: el primer proyecto del director El primer proyecto de todo director es él mismo. Pero ¿qué es el hábito? Podemos definirlo como "una acción que repetimos frecuentemente de forma automática"; eso supone que ni siquiera sabemos que la estamos realizando, vamos como zombis buscando la siguiente víctima, y lo peor del asunto es que nosotros mismos somos esa víctima. La Universidad de Duke hizo un estudio para saber qué porcentaje representan estas automatizaciones y encontró que "más del 50% de nuestros comportamientos obedecen a nuestras automatizaciones" ¡al día! Si esto es así y somos directores,  


¿cómo desmontamos aquellos que no nos agregan valor, ni a mí ni a la empresa? De ahí el ejercicio de autoconciencia, de estar en el aquí y el ahora, para darnos cuenta de esas automatizaciones y, de ser posible, evitarlas cambiando de rutina.  

Charles Duhigg, en su libro El poder de los hábitos (por cierto, muy recomendable), dice que el hábito tiene tres etapas: la SEÑAL, es decir, todo aquello que te empuja a realizar la automatización por ejemplo, si estás dejando de fumar y vas a una reunión social donde empiezan a fumar, el olor del tabaco entra por tu cerebro y representa un placer; la instrucción interna es "nada más uno", mañana retomamos otra vez el dejarlo-; o cuando estamos a dieta y traemos nuestra "deliciosa jícama" en el táper, y vemos que nuestra compañera se está disfrutando unos irresistibles croissants con cafecito, y además nos ofrecen uno: volteamos a ver la "deliciosa jícama" y el cerebro nos dice "¿neta te vas a comer eso en vez de un croissant?"; bueno, ya saben lo que sigue. Después de la señal viene la RUTINA, es decir, fumas tu cigarro que "solo va a ser uno", o te comes el croissant que te invitaron y que solo aceptas porque no eres mal educado. Después viene la RECOMPENSA, que es donde el hábito se vuelve adictivo: en el caso del cigarro, la recompensa es la descarga de nicotina que hace aparecer la dopamina, la droga natural con la que el cerebro te premia cuando satisfaces un deseo.  

Las tres etapas del hábito: señal, rutina y recompensa.  

Por eso es tan difícil cambiar un hábito, pero la buena noticia es que ¡sí se puede! Por eso es importante que hagas un ejercicio (auditoría) de todas aquellas automatizaciones que tienes en el día; te recomiendo que lo hagas como un diario de una semana: anota lo que haces con hora; si puedes, anota la señal, la rutina y la recompensa; si no, basta con anotar la rutina, es decir, la automatización (acción), y luego las leas y empieces a darte cuenta de qué consecuencias tienen esas automatizaciones que se repiten como si estuvieras en un bucle. Y luego nos preguntamos por qué siempre caemos con la misma "piedra", por qué siempre me pasa lo mismo, por qué no logro avanzar, por qué siempre elijo mal en el amor y, aún más peligroso para el director, "por qué siempre elijo mal a los socios", por qué siempre se aprovechan de mí; y tal vez es porque nuestras automatizaciones nos llevan a repetir roles y comportamientos que, como consecuencia, ¡seguimos cometiendo los mismos errores y teniendo los mismos resultados!  

Se tiene la conciencia de que para cambiar un hábito se requieren 21 días, pero eso tal vez no es del todo cierto: esto surge en 1950 con un cirujano plástico que, según sus observaciones, notaba que a sus pacientes les costaba 21 días acostumbrarse a ver su nueva cara, y así se llevó al tema psicológico. Sin embargo, en 2009 Phillippa Lally, investigadora de psicología en el University College de Londres, publicó un estudio en el que calculaba una media de más de 66 días antes de que un nuevo comportamiento se convirtiera en automático; claro, como todo en psicología, depende de la persona, de las circunstancias y, principalmente, ¡de querer cambiar!  

Por eso, si estamos hablando del quehaSER del director, es de primordial atención que empiece por ustedes mismos: el punto de partida es querer cambiar, y luego identificar aquello que quiero cambiar, para posteriormente definir un plan de acción y, por último, ejecutarlo. Nada que no conozcan en sus empresas, pero ahora su principal proyecto empresarial son ustedes mismos, para ser mejores personas y mejores directores. Créanme que esto mismo lo verán sus colaboradores y los inspirará a cambiar ellos mismos. ¿Es fácil? Noooooo, es muy difícil; por eso necesitamos que nos ayuden: platíquenlo con las personas más cercanas para que, en cuanto flaqueemos, nos lo hagan saber, pero que te lo digan "bonito", porque no nos gusta que nos digan que seguimos fallando, y volvamos a centrarnos. Es necesario persistir e insistir hasta lograrlo; por ello, la intencionalidad (racional) más la motivación del objetivo a lograr (emocional) nos ayudarán a que la fuerza de voluntad (volitivo) se alinee para alcanzar el nuevo comportamiento, y una vez alcanzado, vamos por el que sigue. Lo mejor es que identifiques cuáles son los hábitos transversales de tu vida, porque al cambiar esos (generalmente son tres, máximo cuatro), impactarás otros hábitos que te ayudarán a ser mejor persona (SER) y, por ende, mejor director (hacer).  

enfocar la energía en construir lo nuevo El secreto del cambio: dejar de luchar contra lo viejo y empezar a construir lo nuevo. El secreto del cambio es enfocar tu energía, no en luchar contra lo viejo, sino en construir lo nuevo. SÓCRATES  

¡Manos a la obra! Jaime Suárez 

 
 
 

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