¿Qué tienes?… Nada.
- Yunuen Vázquez
- hace 2 horas
- 4 Min. de lectura

Hoy quiero iniciar esta columna con una idea contundente de Fernández Collado, referente en materia de comunicación organizacional:
“La comunicación es una RESPONSABILIDAD COMPARTIDA; como todos en la organización se comunican, hacerlo bien es RESPONSABILIDAD DE TODOS, aunque algunos deben desempeñar un papel más importante por la posición que ocupan o por la información que manejan. Por tanto, el desarrollo de habilidades de comunicación en los distintos niveles y áreas se ha vuelto una prioridad, sobre todo ahora que las organizaciones viven cambios fundamentales.”
Y es que, aunque parezca evidente, en muchas empresas aún se actúa como si la comunicación fuera un departamento, un correo o un boletín. Como si comunicar fuera tarea exclusiva del área de Comunicación.
La realidad es otra, comunicar bien es un trabajo colectivo.
Los teóricos nos explican que para que exista un proceso comunicativo completo deben intervenir elementos básicos como: un emisor (quien envía el mensaje), un receptor (quien lo recibe), un mensaje, un canal, un código, y factores que pueden alterar o enriquecer el intercambio como el contexto, el ruido y la retroalimentación.
En teoría, si estos elementos están presentes, la comunicación fluye. Pero en la práctica, hay un ingrediente que casi nunca se menciona y que lo cambia todo: las ganas de comunicar. La voluntad real de establecer comunicación.
Porque sí, todos nos comunicamos. Pero no todos lo hacemos con claridad. Y mucho menos con la intención auténtica de construir entendimiento.
En los ambientes laborales existe un mal común, casi invisible, que erosiona equipos completos: la comunicación “a medias”. Medias indicaciones. Medias explicaciones. Medio contexto. Medio compromiso.
Independientemente del área en la que labores, de seguro te ha ocurrido: Recibes una instrucción, ejecutas lo solicitado, entregas el resultado… y al final resultó que estaba mal. No porque seas incompetente, sino porque faltaba un detalle, una condición, una excepción o una especificación que nadie consideró importante mencionar.
Y ahí aparece el verdadero problema: la falta de claridad no es un accidente, es una responsabilidad, tanto del que solicita, como del que responde, y principalmente del que lidera. Ah, y el que calla, es igual de responsable.

Pensemos en una escena clásica. Un novio nota a su pareja seria, distante, silenciosa. Intenta acercarse y pregunta:
—¿Qué tienes?
—Nada.
¿Te suena familiar?
El proceso comunicativo, técnicamente, se cumplió: hubo pregunta, hubo respuesta, hubo canal, hubo mensaje. Sin embargo, lo que no existió fue lo esencial, la intención de comunicar.
Esa misma escena se replica todos los días en las oficinas.
Cuando un compañero responde con evasivas.
Cuando un jefe suelta una frase alarmante como “las cosas van mal” y no da
contexto.
Cuando un área entrega información incompleta y espera milagros del resto del
equipo.
Ese vacío informativo no es menor. Poco a poco se convierte en un desastre silencioso que produce retrasos, frustración, errores repetidos, interpretaciones equivocadas, conflictos internos y una tensión laboral que termina por contaminarlo todo.

Veamos un ejemplo más corporativo.
Un CEO convoca a una junta con ventas, marketing, logística, producción y administración. Al cierre, declara con firmeza:
—En los próximos tres meses necesitamos aumentar las ventas. La organización debe generar más recursos.
La frase suena contundente. Parece clara. Parece liderazgo.
Pero al salir de la sala, esa instrucción ya se transformó en cinco interpretaciones distintas.
Producción, entiende que debe duplicar la fabricación.
Marketing, asume que debe abrir nuevos puntos de venta.
Publicidad, se enfoca en lanzar una promoción agresiva.
Ventas, presiona a sus agentes como si fuera una carrera de supervivencia.
Logística, acelera entregas y modifica rutas para mover el producto.
Y así, una sola indicación, vaga y general, produce acciones desarticuladas, esfuerzos aislados y resultados inconexos.
Porque en las empresas ocurre algo brutalmente común: cada quien interpreta la orden desde su trinchera, desde su urgencia y desde su propia lógica operativa.
Hace algunos años, en medio de un proyecto de promoción de servicios, escuché a una trabajadora decir que la razón por la que no se estaban alcanzando los resultados era simple:
— “Es culpa de los de Comunicación. No están comunicando
asertivamente ni a empleados ni a clientes”.
Yo formaba parte del equipo de comunicación, y lo confieso: me indignó. Me molestó profundamente. Esa persona no tenía idea del desgaste que implicaba sostener campañas completas con diseño, marketing, relaciones públicas, eventos y publicidad. Había desvelos, correcciones interminables, juntas eternas, desafiantes ajustes en liberación de recursos, validaciones absurdas y presión constante.
Pero unos días después, terminé riéndome. No por burla, sino por claridad.
Porque comprendí que el problema no estaba en Comunicación. El problema estaba en su propia área que no sabía comunicar y que no querían transmitir información.
Eran ellos quienes entregaban información a cuentagotas. Quienes enviaban datos incompletos. Quienes, cuando ya estaba por aprobarse un boletín o un arte publicitario, soltaban frases como:
—Ay, se me olvidó decirles que…
—Es que falta agregar…
—Es que la promoción no incluye…
Y por cada paso que avanzábamos, retrocedíamos tres.
Fue entonces cuando entendí con precisión las palabras de Fernández Collado, la comunicación no es precisamente tarea del departamento de Comunicación. Es una responsabilidad compartida de toda la organización y todos los que la integran. Especialmente de quienes poseen la información, de quienes la autorizan, de quienes la ocultan y de quienes, por comodidad o negligencia, deciden callar.
Porque al final, la comunicación no solo sostiene empresas, también sostiene relaciones. En lo personal y en lo laboral, decir lo que pensamos, lo que necesitamos y lo que sabemos, puede evitar conflictos innecesarios, pérdidas de tiempo y heridas que se acumulan en silencio.
Todos, sin excepción, tenemos una responsabilidad, hablar con claridad, compartir información útil y comprender que lo que yo sé puede ser clave para que otro avance. Muchas veces un “dato pequeño”, una advertencia a tiempo o una especificación bien dicha, puede salvar un proyecto completo… o evitar que un equipo se fracture.
Y si eres líder, jefe o emprendedor en formación, esto es todavía más urgente. Porque liderar no es solo tomar decisiones, es saber comunicarlas. Y si te cuesta expresar ideas, dar instrucciones claras o sostener conversaciones difíciles, no lo normalices, no lo justifiques y no lo escondas. Capacítate. Aprende. Déjate acompañar.
Hoy más que nunca, las organizaciones necesitan líderes que no se guarden lo importante, que no administren la información como si fuera poder, y que no respondan con evasivas cuando el equipo necesita dirección.
Porque en el trabajo y en la vida, el “Nada” casi nunca es nada.
Y aprender a decir lo que realmente pasa, también es una forma de respeto.













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