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Romper el espejo no mejora el reflejo

T-MEC, aranceles y competitividad
T-MEC, aranceles y competitividad

Hay frases que no hacen ruido por lo que dicen, sino por lo que confirman. Cuando Marcelo Ebrard reconoció que no deberíamos estar en la nostalgia de una época sin aranceles, en el fondo estaba admitiendo algo más grande que una dificultad de negociación comercial: el libre

comercio dejó de ser una condición garantizada para México. Según distintos reportes, el secretario de Economía señaló que es poco probable que los aranceles a sectores como automóviles, acero y aluminio desaparezcan por completo, por lo que el nuevo enfoque sería reducirlos, no eliminarlos.


Lo irónico es que después de años de escuchar en las mañaneras que el neoliberalismo fue el origen de casi todos nuestros males, parece que por fin se está cumpliendo uno de los sueños políticos de la llamada transformación: ver erosionado uno de los mayores símbolos económicos de aquella etapa.


El problema es que ese símbolo también fue una de las plataformas que sostuvo buena parte del crecimiento industrial del país durante décadas. Porque podemos discutir muchas cosas del modelo neoliberal. Podemos señalar sus excesos, sus desigualdades, sus promesas incumplidas, sus zonas de abandono y esa fe casi religiosa en que abrir mercados resolvería, por sí sola, problemas que necesitaban instituciones, educación, infraestructura y desarrollo empresarial.


Pero también hay que reconocer que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, impulsado durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, reconfiguró la economía mexicana.


No hizo magia. No convirtió automáticamente a México en una potencia desarrollada. No sacó de la informalidad a millones de personas. No acabó con la pobreza. Tampoco fortaleció por decreto a las pequeñas y medianas empresas.


Pero sí integró a México a una plataforma industrial norteamericana. Atrajo inversión. Desarrolló cadenas de proveeduría. Profesionalizó sectores completos. Conectó regiones industriales con clientes globales. Y le dio a muchas empresas mexicanas acceso preferencial

a uno de los mercados más grandes del mundo.


Por eso la frase no debería leerse solo como una declaración técnica. Es una señal de época que parece que llegó a su fin.


El libre comercio dejó de ser promesa y volvió a ser negociación. Y cuando algo vuelve a negociarse, también vuelve a estar en riesgo.


Durante años, muchas empresas mexicanas operaron bajo una premisa cómoda: si producían desde México, cumplían ciertas reglas y estaban dentro de una cadena vinculada a Norteamérica, tenían una ventaja de acceso. Esa ventaja no resolvía todo, pero ordenaba decisiones de inversión, ubicación, proveeduría, logística y crecimiento.Hoy esa premisa empieza a desvanecer.


Estados Unidos está empujando una lógica más proteccionista. Los aranceles dejaron de ser una amenaza abstracta y se convirtieron en herramienta de presión. El acero, el aluminio y el sector automotriz ya están en el centro de la discusión. Incluso las reducciones parciales de aranceles han venido acompañadas de condiciones estrictas, como demostrar inversiones en territorio estadounidense y cumplir reglas de origen del T-MEC.


Dicho de otra forma: ya no basta con estar en la región. Ahora hay que demostrar, documentar, justificar y resistir.Y aquí es donde el tema deja de ser político y se vuelve empresarial.


Porque mientras la discusión pública se entretiene en decidir si esto representa una derrota del neoliberalismo, una victoria ideológica o una nueva etapa del comercio internacional, las empresas tienen un problema más concreto: sus costos siguen subiendo, sus márgenes se aprietan, sus clientes exigen más y su operación no siempre tiene la madurez para responder. La revisión del T-MEC no se va a sentir únicamente en los escritorios de los negociadores. Se va a sentir en compras, en almacén, en producción, en calidad, en logística y en finanzas. Se va a sentir cuando una empresa tenga que explicar de dónde viene cada componente. Cuando deba justificar contenido regional y tenga que buscar proveedores alternos sin disparar sus costos.


El cambio se va a notar con el precio del acero, del aluminio, de las resinas, del empaque, del transporte o de la energía le vuelva a mover el margen. Y cuando las pymes descubran que su rentabilidad dependía menos de su eficiencia y más de un entorno comercial que ya no existe igual.


Durante años, muchas empresas confundieron tratado comercial con competitividad. Como si pertenecer a una cadena de exportación fuera suficiente. Como si venderle a un cliente grande las convirtiera automáticamente en empresas grandes. Como si la ubicación geográfica pudiera compensar procesos débiles, mala trazabilidad, costos mal entendidos o una cultura operativa basada en apagar incendios.


Por que el libre comercio ayudaba a disimular muchas cosas. Un margen razonable puede ocultar desperdicio. Un cliente estable puede ocultar dependencia. Una cadena funcionando puede ocultar fragilidad. Un tratado favorable puede ocultar falta de competitividad real.


Pero cuando el entorno cambia, esas grietas aparecen. Y quizá esa sea la parte más irónica de todo esto: quienes soñaban con superar el neoliberalismo tal vez no imaginaron que el costo de hacerlo también lo pagarían las empresas, los trabajadores, los proveedores y las regiones industriales que crecieron bajo esa arquitectura.


Porque destruir un símbolo es relativamente fácil en el discurso. Sustituir la estructura económica que ese símbolo sostenía es bastante más complicado. No basta con decir que el viejo modelo se agotó. Hay que construir otro que funcione.


Y hasta ahora, lo que muchas empresas están viendo no es necesariamente un nuevo modelo industrial más sólido, sino una mezcla de aranceles, incertidumbre, energía cara, presión regulatoria, inseguridad logística, bajo crecimiento y clientes cada vez más exigentes.


Y en este punto le doy la razón al señor secretario. Sentir nostalgia por el TLCAN o por los años dorados del libre comercio serviría de poco. Además, tampoco conviene romantizar un modelo que dejó fuera a demasiadas empresas mexicanas.


Más bien hay que empezar a preguntarnos ¿qué tan preparadas están nuestras empresas para competir cuando el libre comercio deja de venir incluido en el paquete? Porque una cosa es competir con acceso preferencial, reglas relativamente estables y costos manejables. Otra muy distinta es competir en un entorno donde cada embarque puede implicar más revisión, cada insumo puede encarecerse, cada cliente puede exigir más evidencia y cada decisión comercial puede depender de una negociación política que ocurre lejos de la planta.


En ese escenario, la ventaja ya no estará solamente en exportar. Estará en operar con claridad sobre costos, sobre nuestros proveedores, en nuestros inventarios, en la trazabilidad de nuestras materias primas. Sobre todo claridad sobre consumo energético.


Al final los márgenes reales se construirán decidiendo qué productos sí conviene vender y cuáles solo mantienen ocupada a la planta mientras destruyen rentabilidad.


La empresa que no tenga esa visibilidad va a terminar culpando al arancel, al actual gobierno, al cliente, al petróleo, a Calderón, al dólar o al tratado. Y quizá tenga parte de razón. Pero también tendrá que aceptar algo más incómodo: tal vez su operación ya era vulnerable antes de que el entorno se volviera hostil.


El T-MEC no está muerto. Pero la estabilidad industrial que representaba un comercio casi automático con Norteamérica sí está siendo cuestionada y la improvisación se está volviendo mucho más cara.


Quizá el sueño de ver debilitado el mayor logro del neoliberalismo se esté cumpliendo. Pero conviene revisar bien la escena antes de aplaudir. Porque puede ser que al romper ese espejo descubramos algo que no nos guste tanto: que muchas empresas mexicanas no estaban preparadas para competir sin él.


El autor es consultor en excelencia operativa y estrategia industrial. Es autor de "Habilidades Híbridas", un libro sobre cómo combinar precisión técnica y criterio directivo para decidir y ejecutar mejor.

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