La toma de decisiones
- Jaime Suárez

- hace 11 minutos
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La toma de decisiones es una actividad que todos los seres humanos hacemos todos los días y a todas horas: qué ropa me voy a poner, si me llevo chamarra o suéter, si salgo con los amigos o no, si tomo una copa o dos. Hoy, como nunca, atendemos más de todo, y por eso la decisión se vuelve compleja —no solo al elegir cosas, sino también al elegir personas, amigos, pareja, qué voy a estudiar, dónde lo voy a hacer, qué trabajo me conviene, qué voy a vender si quiero emprender. Nuestra vida es elección y decisión, lo queramos o no: no tomar una decisión es también tomarla.
Hay decisiones que nuestros hábitos hacen en automático y que ya no requieren el ejercicio extenuante de analizar, elegir, decidir y actuar. Recordemos que el cerebro es un músculo que busca siempre los caminos más cortos, ligados al placer, y desechará lo que representa displacer o esfuerzo. De ahí que sea más fácil decidir ir a la fiesta que quedarnos a estudiar; al fumador le es más fácil fumar que hacer el esfuerzo de dejarlo; y entre hacer ejercicio o comer un pan con café, decidiremos por lo segundo —total, las dietas siempre empiezan los lunes y hoy es martes. Nos volvemos condescendientes con nosotros mismos: "tanto que trabajé que me merezco este capricho", "ya hice ejercicio, me merezco esa rebanada de pastel". Vamos racionalizando todo para justificar nuestro actuar.

Esto mismo afecta al director al tomar decisiones que no solo lo afectan a él, sino a toda la empresa, a su personal, clientes, proveedores, accionistas y comunidad. De ahí la importancia de practicar la toma de decisiones. Pero surge la pregunta: ¿dónde se aprende a tomar decisiones acertadas? Como todo en esta vida, con la práctica —una práctica que debe incluir un ejercicio mental, emocional y voluntarioso, porque cada decisión viene acompañada de un resultado positivo o negativo. ¿Debería evaluarse si se tomó una buena o mala decisión solo por el resultado?

Lo voy a ejemplificar con un bateador de béisbol. El campeón de bateo es aquel que tiene un porcentaje arriba de .300 en promedio: por cada diez veces que tiene turno al bat, le acierta a la bola en tres ocasiones. Pero para que eso ocurra, analiza al pitcher contrario —si es zurdo o derecho, cuáles son sus lanzamientos más efectivos—, el clima, sus mensajes con el catcher, sus ganados y perdidos. Todo esto para elegir el lanzamiento que le permita sacarla del parque o batear un hit. Y ustedes dirán: ¿cómo se premia a alguien que falló en 7 de cada 10 ocasiones? Si fuera una empresa, el director diría "hay que correrlo por ineficiente, hay que contratar a otro" —y así seguiríamos buscando a nuestro campeón de bateo que le pegue a todas. Pero ese jugador nunca va a llegar, porque nadie le atina a todas las decisiones.
En nuestra cultura empresarial siempre castigamos el error, y tiene una lógica: el error cuesta, y si te vuelves a equivocar cuesta dos veces. Si al director le gusta el béisbol, te dirá "llevas dos strikes" —y ya sabemos qué pasará al tercero: nos ponchará la guadaña del despido. Pero, ¿cuál es el mensaje que dejamos al resto del equipo? Que más les vale no equivocarse porque están fuera. Y entonces les cortamos cualquier iniciativa, y aquellos que siempre proponían mejoras se lo pensarán dos veces antes de abrir la boca. Esa cultura se vuelve perdedora, porque la gente con iniciativa se irá a buscar un ambiente donde le permitan crecer, y se quedará quien entendió el juego de hacer solo lo que le pide el jefe.
Recordemos la diferencia entre controlar y dirigir: el control busca que la gente haga lo que se le pide; dirigir busca convencer a la gente de hacer las acciones correctas para el bien de la empresa, dándole un margen de autogestión porque confías en sus capacidades para tomar las mejores decisiones.
"Aquí se premian los errores extraordinarios y se castigan los resultados mediocres."
CULTURA CORPORATIVA DE UNA EMPRESA AUSTRALIANA
Hay una empresa en Australia cuya cultura me encanta: entras al corporativo y en una pared, con letras grandes, se lee su propósito. El mensaje para la gente es claro: confío en ti, piensa en grande con prudencia porque sé que buscarás el resultado más grande para la empresa y el equipo. Con eso, todos en la empresa están dispuestos a trabajar ayudándose unos a otros a dar ese resultado que buscan.
"Vale más ponerte una meta de excelencia y no lograrla, que de la mediocridad y conseguirla."
ARISTÓTELES
Ahora bien, ¿el director tomador de decisiones por excelencia evalúa su porcentaje de bateo al tomarlas, o solo por ser el director todas sus decisiones son acertadas? La verdad es que no. Por eso creo que en los negocios es muy cruel evaluar una buena decisión frente a una mala solo por el resultado, porque cuando tomas una decisión ya hiciste un diagnóstico racional: evaluaste riesgos, beneficios, tiempos, impactos colaterales. Y aun así no tienes toda la información, pero tienes que tomar la mejor decisión según los datos con los que cuentas. Un profesor del IPADE decía que una buena decisión se juzga antes de tomarla, siempre y cuando se haya realizado un ejercicio racional y prudente que dio como resultado esa elección —el resultado tiene tantos imponderables que están fuera de nuestro control.
UN EJERCICIO PARA TERMINAR
Hay tres ranas que van flotando sobre una hoja río abajo. Una de ellas decide saltar al río. ¿Cuántas ranas quedan en la hoja? La mayoría contestaría que dos. La respuesta es incorrecta: quedan las tres.
¿Por qué? Porque decidir saltar y saltar son dos cosas diferentes.

Por eso no solo se trata de decidir tal o cual camino tomar, sino, más importante, ponerse a ello: decidir es un ejercicio racional, ejecutarlo es un ejercicio de la voluntad, y el resultado es la suma de los dos.
¡MANOS A LA OBRA!
Así es que los invito a que se preparen mental, emotiva y volitivamente para que
sean los campeones de bateo de sus empresas al momento de tomar decisiones.
— Jaime Suárez







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