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Entre la aprobación y la convicción

Entre la aprobación y la convicción
Entre la aprobación y la convicción

Hay una parte del liderazgo de la que casi no se habla, esa que no se celebra en los eventos, que no se aplaude en los discursos y que, sin embargo, define profundamente el impacto de quien lidera: la capacidad de incomodar.


Porque sí, liderar también es incomodar. Incomodar cuando decides no seguir haciendo las cosas “como siempre se han hecho”, cuando cuestionas estructuras que otros prefieren mantener intactas, cuando pones límites donde antes había complacencia, incluso cuando tu sola presencia rompe inercias y si a eso le sumamos el contexto del liderazgo femenino, la incomodidad suele amplificarse.


No porque las mujeres lideren distinto en esencia, sino porque históricamente no se nos asignó ese lugar, entonces cuando lo ocupamos con voz, con criterio, con decisión no solo lideramos: desafiamos expectativas y eso inevitablemente incomoda.


Incomoda que una mujer no pida permiso, que no suavice cada decisión, que no necesite validación constante, que ejerza autoridad sin disfrazarla de amabilidad.


Pero hay algo importante que entender: incomodar no es sinónimo de agredir, ni de imponer, ni de perder sensibilidad, incomodar en el liderazgo es muchas veces el resultado natural de hacer lo correcto cuando lo correcto no es lo más fácil… ni lo más popular. Es tomar decisiones que no buscan aprobación inmediata, sino coherencia a largo plazo, es sostener posturas incluso cuando generan resistencia, es abrir conversaciones que otros preferirían evitar.


Y aquí es donde muchas mujeres enfrentan uno de los dilemas más complejos:

¿Hasta dónde incomodar sin ser percibidas como “difíciles”?

¿Hasta dónde ceder sin traicionarse?


Porque, a diferencia de otros liderazgos, el femenino suele estar bajo una lupa más exigente: si eres firme, eres dura; si eres empática, eres débil; si incomodas, incomodas demasiado.


Pero liderar no es cumplir expectativas ajenas, es asumir responsabilidad sobre el rumbo que eliges construir y eso implica aceptar que no todos estarán cómodos con tus decisiones, de hecho, si nadie se incomoda, vale la pena preguntarse si realmente estás transformando algo… o solo administrando lo existente.


El liderazgo que deja huella rara vez es cómodo, es el que abre camino, aunque eso implique cuestionar lo establecido, es el que incomoda lo suficiente para mover, pero no para destruir, es el que entiende que el cambio no siempre se recibe con aplausos, pero sí con resultados.


Quizá el verdadero reto no sea evitar incomodar, sino aprender a sostener esa incomodidad con claridad, con propósito y con convicción porque al final, liderar no es agradar, es transformar.


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