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El costo invisible de abrir camino

El costo invisible de abrir camino
El costo invisible de abrir camino

Hay logros que se celebran en voz alta. Y hay otros que se sostienen en silencio.


Ser “la primera” en algo nunca es un dato menor. Es, muchas veces, una distinción que se enuncia con orgullo, pero que pocas veces se explica en su totalidad. Porque abrir camino no es solamente llegar. Es hacerlo sin referencias, sin precedentes claros y, en muchos casos, sin permiso explícito.


Lo que no se ve, rara vez se cuenta.


No se ve la resistencia silenciosa: esa que no se expresa de frente, pero se filtra en dudas, en omisiones, en la necesidad constante de validar lo que otros antes no tuvieron que justificar.


No se ve la doble exigencia. No basta con hacer bien las cosas. Hay que hacerlas mejor. Con más precisión, con más consistencia, con menos margen de error. Porque cuando alguien es “la primera”, deja de ser solo una persona: se convierte, sin haberlo pedido, en referencia.

Y, a veces, tampoco se ve algo más sutil, pero profundamente desgastante: la tendencia a poner en duda la autenticidad del logro.


Como si el camino recorrido antes no contara. Como si la historia personal, el trabajo sostenido y los méritos propios se volvieran secundarios frente a una narrativa más simple: la de una relación cercana con quien estuvo antes. Como si fuera más fácil explicar el avance desde la cercanía que desde la capacidad.


Y ahí aparece otra forma de exigencia: la de tener que demostrar, una y otra vez, que se está ahí por mérito propio. Como si no bastara con hacer bien el trabajo. Como si la legitimidad tuviera que probarse constantemente.


A todo eso se suma una presión particular: la de representar a todas.

Cada decisión, cada postura, cada logro —e incluso cada error— parece adquirir un peso mayor. Como si de alguna forma se estuviera escribiendo una narrativa colectiva a partir de una sola historia individual.


Pero abrir camino no debería ser sinónimo de cargar con todo. No se trata de demostrar que se puede, como si aún hiciera falta. Se trata de ejercer con naturalidad el espacio que se ha conquistado.


Porque el verdadero cambio no ocurre cuando alguien logra ser la primera. Ocurre cuando deja de ser relevante que lo sea. Cuando el acceso deja de ser excepción y se vuelve posibilidad.


Mientras tanto, hay algo que vale la pena reconocer —sin estridencias, pero con claridad—: quienes abren camino no solo avanzan por sí mismas, también ensanchan el terreno para quienes vienen detrás.


Y eso, aunque no siempre se diga, aunque no siempre se vea, también cuenta.


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