Santo que no es visto, no es buscado.
- Yunuen Vázquez

- 19 may
- 5 Min. de lectura

Uno de los grandes objetivos de quienes trabajamos en Relaciones Públicas es ser asesores estratégicos de los altos mandos. No solo ayudamos a fortalecer la imagen pública del CEO o del director general; también intervenimos en algo mucho más delicado: su forma de comunicar, de presentarse y, sobre todo, de relacionarse.
Porque sí: el liderazgo no solo se ejerce con decisiones, también se construye con presencia.
Y ahí está uno de los retos más complejos para cualquier publirrelacionista: en ocasiones, toca “reeducar”. Hay directivos que cargan modales, ideologías y hábitos tan arraigados que pareciera que vienen grabados desde la infancia. Y aunque ellos juren que su forma de actuar es correcta, la realidad es que muchas veces no es la óptima, o peor aún, no les ayuda a posicionarse como líderes legítimos.
Hoy quiero hablarte de un riesgo silencioso, pero profundamente destructivo dentro de cualquier organización: la ausencia del líder.
Porque hay jefes que, por razones que ellos mismos consideran justificadas, deciden mantenerse lejos de su gente. Se aíslan. Reducen o niegan la comunicación. Se vuelven inaccesibles. Se convierten en una figura lejana, casi decorativa, como si el puesto viniera con el derecho de no convivir.
Y lo que ellos creen que es autoridad, en realidad es distancia emocional.
El problema es que esa ausencia no se queda en lo simbólico. Con el tiempo se transforma en daño organizacional. Porque sí, todos sabrán que por jerarquía esa persona es “el mero mero”, pero también, tristemente, todos comprenderán que el respeto, la confianza, la cercanía y la admiración no se decretan con un nombramiento. Esos valores se ganan. Y si tú no los construyes, alguien más lo hará. Te cuento una anécdota.
Era poco antes de las siete de la mañana. Inicio de cuatrimestre en una universidad donde imparto clases. Primer día del ciclo escolar. Mientras entraba, noté algo peculiar, en la entrada principal estaba un hombre alto, trajeado, impecable, con una presencia que imponía sin necesidad de exagerar. Sonreía, saludaba, daba la bienvenida como si fuera dueño del lugar.
—“Jóvenes, buenos días.”
—“Bienvenidos.”
—“Maestro, excelente inicio de cuatrimestre.”
Algunos estudiantes respondían con una sonrisa. Otros, con sueño e indiferencia, pasaban de largo. Pero los docentes que ya lo conocían lo saludaban con entusiasmo, incluso con abrazos.
Yo pensé: qué gesto tan simple y poderoso.
Porque ahí estaba alguien que no tenía por qué estar ahí, pero decidió estar.
Llegó dos horas antes de su horario, no para aparentar, sino para recibir a la comunidad estudiantil y docente con educación, presencia y calidez.
Y entonces mi mente se frenó. Me empecé a cuestionar:
¿Y la Rectora?
¿No sería ella quien debería dar la bienvenida a quienes le dan vida a la institución?
¿Los alumnos conocen siquiera a la máxima autoridad?
¿Qué pasaría si fuera ella quien estrechara manos en la entrada?
¿Los docentes la saludarían con ese mismo afecto?
Ahí comprendí algo esencial, la percepción de liderazgo se construye con actos cotidianos, no con discursos institucionales.
Ese hombre trajeado y educado, trabajaba para la Rectora. Tenía permiso y autoridad para hacer ese tipo de acciones. Sin embargo, aunque indirectamente representaba a la institución, en términos de imagen el beneficiado era él. Porque la presencia no se hereda, se ejerce.
Meses después, cuando llegó el cierre del ciclo escolar y comenzaron las ceremonias de graduación, ocurrió lo inevitable.
Esta vez la Rectora sí estaba presente. En la entrada del teatro. Lista para recibir a los egresados ¿y qué pasó? los alumnos pasaban frente a ella sin detenerse. La ignoraban. Algunos ni siquiera la miraban. En cambio, cuando veían a aquel hombre que meses atrás les dio la bienvenida, lo buscaban, lo saludaban, lo abrazaban, le agradecían.
Él, era el rostro familiar. Él, era el referente. Él, era el líder emocional.
Y por supuesto, la Rectora se molestó.
¿Cómo era posible que no la saludaran? ¿Cómo era posible que no le agradecieran? La respuesta era evidente: simplemente no la conocían.
Nunca tuvo interés en aparecer. Nunca se tomó el tiempo de decir “Hola”.
Nunca se dejó ver. Y como consecuencia, la comunidad no construyó vínculo con ella. No hubo memoria emocional. No hubo cercanía. No hubo conexión.
Y entonces, cuando quiso recibir reconocimiento… ya era tarde.
Porque el reconocimiento, igual que el respeto, no se exige: se provoca.
En este punto, vale la pena recordar una frase de Ninfa Salinas Sada que resume con precisión el núcleo del liderazgo auténtico:
“Lo esencial en cualquier líder es que pueda ver los talentos de los demás, que pueda personalizar, y entender cuál es el rol que juega cada persona desde sus fortalezas y no encacillar nada más en puestos.”
Y es justamente ahí donde el liderazgo ausente pierde más que presencia, también pierde visión humana. Porque un líder que no está, no observa, no escucha, no detecta capacidades, no entiende dinámicas y no identifica potencial. Y cuando un líder no ve a su gente, su gente deja de verlo a él.
Este fenómeno no es exclusivo de una universidad. Pasa en todas partes.
Pasa en ese negocio donde el cliente ya llega preguntando por un empleado en particular porque fue el único que lo atendió con empatía.
Pasa en oficinas gubernamentales donde es más seguido un servidor público operativo que el funcionario con el cargo.
Pasa en empresas donde el equipo prefiere seguir al gerente cercano antes que al director ausente.
Pasa en organizaciones donde el liderazgo real termina viviendo en un rango medio, porque ahí sí hay presencia.
Y es ahí donde se confirma una verdad incómoda: Cuando el líder no ocupa su lugar emocional, alguien más lo ocupa por él.
Así que, si tú eres líder, director, presidente, CEO o cualquier figura con autoridad, entiende esto con claridad:
Tu agenda puede estar llena; tus reuniones pueden ser interminables; tus responsabilidades pueden ser enormes; pero nada de eso justifica tu ausencia humana.
Tómate unos minutos para saludar a tu gente. No desde lejos. No desde el auto. No desde el elevador corriendo con prisa.
Si es necesario, baja, sube, camina, acércate, mira a los ojos y da los buenos días.
Saluda al guardia, al personal de limpieza, a todos. Recorre oficinas. Visita sucursales. Aparece en donde tu organización respira.
No necesitas hacerlo todos los días, pero sí convertirlo en una rutina ocasional, estratégica y auténtica.
Y OJO cuando lo hagas, no hables solo de trabajo. Aprende nombres.
Pregunta por sus metas. Escucha un poco. Entiende cómo se sienten. No para volverte su amigo, sino para convertirte en un líder presente.
Porque muchos directivos temen que acercarse les quite autoridad. Creen que si saludan demasiado, se vuelven “uno más”. Creen que si muestran humanidad, pierden jerarquía. Eso es totalmente falso.
La autoridad no se debilita con cercanía. La autoridad se fortalece con legitimidad. Y la legitimidad solo nace cuando la gente siente que su líder existe, que está ahí, que se interesa, que respalda, que ve y reconoce.
Cuando un colaborador escucha su nombre en boca del director general, algo cambia. Cuando un equipo siente que el líder sabe quiénes son, el compromiso se eleva. Cuando el CEO aparece, no para supervisar, sino para convivir con respeto, se construye algo que ninguna campaña interna puede lograr:
Credibilidad.
Así que no lo olvides, puedes ser el jefe por nombramiento…
pero serás líder solo si te ganas el lugar. Porque en toda organización, tarde o temprano, el público decide a quién seguir. Y casi siempre, sigue a quien estuvo presente.
En pocas palabras: Santo que no es visto, no es buscado.














Me hace pensar que no solo aplica para líderes, incluso para los mismos empleados y para todos los que forman parte de una comunidad