Encaje ancho.
- Yunuen Vázquez

- hace 18 horas
- 4 Min. de lectura

De acuerdo con la Real Academia Española, el compañerismo es la armonía y buena correspondencia entre compañeros. Una definición sencilla para una palabra que, en la práctica, tiene un enorme poder humano y profesional.
En el mundo laboral, el compañerismo no solo fortalece relaciones: también construye confianza, genera empatía y crea sinergia entre equipos de trabajo. Es ese valor silencioso que permite que las organizaciones funcionen con mayor colaboración, solidaridad e integridad. Y en términos de Rapport, pocas herramientas son tan poderosas para construir vínculos sanos como la auténtica disposición de ayudar al otro.
Aunque, también existe el lado contrario.
Hay quienes tergiversan el compañerismo y lo convierten en un mecanismo de abuso disfrazado de cercanía laboral. Particularmente algunos jefes o compañeros que, aprovechándose de su posición, comienzan a delegar asuntos personales a sus colaboradores como si formaran parte natural de sus funciones.
Por eso, hoy quiero que estas líneas te ayuden a identificar algo importante, si has vivido un compañerismo genuino y recíproco, o sin darte cuenta, has sido obligado a ser compañero desde la imposición y el abuso de autoridad.
Tengo la fortuna de recordar experiencias profundamente positivas sobre el trabajo en equipo. Pienso, por ejemplo, en aquella compañera que entendía perfectamente la dinámica de nuestra oficina y sabía que, justo diez minutos antes de la hora de salida, nuestro jefe solía aparecer con alguna urgencia de último momento.
A veces la tarea era para ella. A veces para mí.
Cuando me tocaba quedarme, ella —aunque ya podía irse— se acercaba y me decía:
—“¿En qué te ayudo? Dime qué hago y así nos vamos las dos más rápido.”
Puede parecer una frase simple, pero detrás de esas palabras había empatía, solidaridad y verdadero sentido de equipo. Por supuesto, cuando la situación se invertía, yo hacía exactamente lo mismo por ella.
Y así, lo que pudo sentirse como una carga individual, terminaba convirtiéndose en un esfuerzo compartido. Actividades que podían llevarnos más de una hora, entre las dos se resolvían en menos tiempo. El cansancio pesaba menos cuando alguien decidía acompañarte.
Con el tiempo, otros compañeros comenzaron a integrarse a esa dinámica. Algunos quizá por compromiso; otros, por auténtico deseo de colaborar. Hasta que un día, uno de ellos fue completamente sincero:
—“Perdón, muchachas; no es que no quiera ayudarlas, pero si el jefe ve que también les ayudo, después va a querer que haga parte de su trabajo. Y honestamente, ya estoy harto de hacer cosas que no me corresponden.”
Aquella frase reveló algo mucho más profundo que una negativa. Había cansancio. Frustración. Resentimiento acumulado. Y sobre todo, la evidencia de que algo dentro de esa oficina estaba profundamente mal.
Resulta que el líder del área había convertido a uno de sus colaboradores en una especie de asistente personal no oficial. Bajo el discurso manipulador de “soy tu jefe”, comenzó pidiéndole pequeños favores: ir al banco, recoger ropa de la tintorería, verificar la camioneta, comprar flores, hacer el súper, formarse de madrugada para sacar fichas médicas o resolver pendientes domésticos que nada tenían que ver con su puesto.
Lo que empezó como un acto de apoyo ocasional terminó convirtiéndose en explotación.
Y el problema no era solamente realizar tareas ajenas. El verdadero desgaste venía de todo lo que eso implicaba: perder tiempo laboral y retrasar sus propias responsabilidades; cargar dinero o bienes ajenos con miedo a que algo saliera mal; salir más tarde todos los días; vivir bajo presión constante y, encima de todo, descubrir que cuando ese trabajador necesitaba atender sus propios asuntos personales, la respuesta era completamente distinta:
- “Hazlo en tu día de descanso.”
- “Ve antes o después del trabajo.”
- “Resuélvelo el fin de semana.”
Ahí es donde la incongruencia se vuelve evidente. Porque muchos líderes esperan que otros resuelvan sus problemas personales dentro del horario laboral, pero niegan exactamente el mismo derecho a quienes trabajan para ellos.
Con los años, asesorando equipos y desarrollando estrategias de Relaciones Públicas en empresas, sindicatos e instituciones educativas, descubrí que este “modus operandi” es mucho más común de lo que parece.
Escuché historias de secretarias haciendo tareas académicas de posgrado para sus jefes; trabajadoras administrativas encargadas de recoger hijos o atender responsabilidades familiares ajenas; personal de intendencia limpiando casas particulares; encargados de mantenimiento realizando “chambitas” privadas; e ingenieros en sistemas obligados a reparar dispositivos de toda la familia del patrón.
El modus siempre era el mismo, actividades no remuneradas fuera de funciones y sostenidas desde la presión jerárquica. Y peor aún, si algo salía mal, el reclamo era inmediato; pero si todo salía bien, muchas veces ni siquiera había un “gracias”.
Por eso vale la pena decirlo con claridad:
El abuso de poder para beneficio personal destruye la confianza de los equipos. Los jefes que utilizan a sus colaboradores para resolver su vida privada terminan perdiendo autoridad, credibilidad y capacidad de inspirar. Poco a poco dejan de ser vistos como líderes y comienzan a percibirse como personas abusivas, encajosas e incongruentes.
Y lo más grave es que este tipo de prácticas también dañan el compañerismo auténtico. Porque cuando ayudar implica el riesgo de terminar explotado, la gente deja de colaborar. Simplemente, se rompe la solidaridad y se pierde la disposición de apoyar.
En materia de Rapport, es importante entender algo fundamental, todos, absolutamente todos, tenemos asuntos personales que resolver. Desde el directivo más alto hasta el colaborador de menor rango. Todos atravesamos emergencias, pendientes y momentos donde necesitamos apoyo, pero la empatía jamás debe convertirse en abuso.
Ayudar es bueno. Ser solidario es valioso. Construir relaciones laborales humanas transforma organizaciones enteras. Lo incorrecto es convertir esa ayuda en obligación, presión o costumbre.
El compañerismo no se impone, también se gana, se cuida y se respeta. Y quizá por eso el refrán popular sigue teniendo tanta vigencia dentro y fuera de la oficina: “Es bueno el encaje… pero no tan ancho.”














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