Perderse para encontrarse: el laberinto inmersivo de Carrington
- Humberto Thomé

- hace 5 horas
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Estamos habituados a que las exposiciones de arte únicamente se visitan desde una óptica contemplativa, sin embargo, hoy en día existen múltiples opciones que invitan a habitarlas y comprenderlas desde un ángulo vivencial. “Leonora Carrington: Laberinto Mágico” es una de estas experiencias que no apuestan por un espectador pasivo, sino que esperan la llegada de un viajero interior dispuesto a perderse. Mi expectativa inicial era encontrar una muestra de arte alternativa como muchas otras; pero al final lo que obtuve fue un recorrido profundo por un territorio de símbolos donde las preguntas que se activaron al tratar de interpretar cada escultura resultaron mucho más valiosas que las respuestas esperadas.
Antes de atravesar el umbral de entrada, el equipo de la exposición nos entregó diversos cuadernillos. No se trataba de la guía convencional de museo que enumera obras, fechas y aspectos técnicos, sino de diferentes propuestas de horizontes interpretativos. En ese tenor, existen tres rutas posibles: una técnica, que busca develar los recursos plásticos y las claves formales de las esculturas expuestas; otra espiritual, que propone una vía de introspección o un viaje interior; y una lúdica, donde a través de acertijos sobre la carga simbólica se invita a descubrir el laberinto. La perspectiva que toca a cada persona es una cuestión de azar, pero la advertencia de los guardianes del umbral es ceñirse a aquella que el destino les ha obsequiado. A partir de ese momento, es posible entender que nadie visita exactamente la misma exposición. Cada viajero recorre su propio laberinto, donde destino y subjetividad construyen el camino.

Una pequeña antesala a la exposición cumple la función de un umbral de transición entre el mundo cotidiano y el universo mágico de Leonora Carrington.
Antes de ingresar al laberinto, se encuentra una síntesis histórica de la vida del personaje y de la artista, lo cual nos lleva a reflexionar que incluso las vidas más intensas y profundas se resumen en un breve número de inflexiones que se ensamblan para dar forma a nuestra historia. En este caso: la joven inglesa que desafío el statu quo, su afortunado encuentro epifánico con el surrealismo, y el exilio provocado por la guerra que la trajo a México, donde su imaginación encontró un hogar generoso y definitivo.
Después de este punto comienza verdaderamente el viaje. Los diferentes espacios físicos de laberinto se traducen en una arquitectura del asombro, aunque tengo la leve sospecha que la estructura oculta del montaje es más orgánica que laberíntica y bien puede ocultar un mándala. La iluminación juega un papel crucial, pues nunca devela por completo las esculturas; al contrario, a través de la penumbra insinúa presencias, volúmenes y movimientos. Las sombras ayudan a construir mundos oníricos de gran belleza y riqueza sensorial donde el bestiario de Carrington respira cuando nadie observa a sus criaturas. El silencio apenas se corta por algunas inserciones sonoras que acompañan a la obra sin eclipsarla.
Una advertencia útil para el potencial visitante es que no se trata de una exposición para caminar deprisa. Cada escultura se integra en una semiósfera donde convergen textos, colores, aromas, sonidos, texturas e iluminación. Más allá de la contemplación de las piezas artísticas, existe la posibilidad única de habitar los universos que las hicieron posibles. La museografía expresa que el significado no es exclusivo del objeto artístico, pues este se construye en las experiencias alrededor de él. El visitante deja de ser un observador para convertirse en un co-productor del relato.
Ahí reside la principal virtud del proyecto. Las criaturas híbridas, los animales tutelares, las mujeres alquimistas y los personajes metamórficos que habitan la obra de Carrington nunca son fortuitos. Al contrario, forman parte de un universo simbólico cuidadosamente construido donde confluyen la cábala, la alquimia, la mitología, las tradiciones esotéricas y una reflexión crítica sobre la condición humana. Cada escultura invita a formularnos preguntas distintas.
No es posible caminar este laberinto sin darse cuenta de la extraordinaria vigencia de los temas que ahí se abordan. Mucho tiempo antes de que las relaciones interespecies, el feminismo ecológico y las críticas al antropocentrismo adquirieran centralidad en el debate contemporáneo, Carrington ya exploraba esas líneas desde el lenguaje artístico. Su obra es un recordatorio del potencial de la imaginación para convertirse en pensamiento crítico, tan poderosa e influyente como cualquier tratado filosófico.
Una de las salas que más atrajo mi atención fue la dedicada al Tarot. Lejos de cualquier connotación adivinatoria, propone entender a los arcanos de la baraja diseñada por la propia Leonora Carrington, como grandes arquetipos humanos que acompañan las experiencias individual y colectiva. Cada carta es una posibilidad de interpretar el presente, una invitación a afrontar la incertidumbre, el cambio, los aprendizajes o las transformaciones necesarias. En un siglo XXI obsesionado con las certezas, resulta ampliamente liberador que los símbolos no
tengan el propósito de responder preguntas, sino de llevarnos a otras más profundas, con lo cual vamos logrando el elevado propósito de dotar de sentido a nuestra breve y frágil existencia.
Desde tiempos remotos, el laberinto más que un espacio físico; se ha simbolizado como la metáfora de un viaje interior que cada persona debe emprender para entenderse. Perderse deja de ser un fracaso y se traduce en una condición necesaria para el autoconocimiento. La exposición adopta magistralmente este significado metafórico y lo transforma en una experiencia estética donde cada sala abre infinitas posibilidades y cada símbolo es una invitación a interpretar con serenidad y quietud.
La velocidad de la vida contemporánea es una amenaza de pérdida de significado de nuestra relación con el arte, especialmente para las generaciones más jóvenes.
Por ello es relevante visitar propuestas capaces de demandar tiempo, atención y curiosidad. Dedicar unas horas en visitar la exposición Leonora Carrington: Laberinto Mágico es más que ir el museo; es invertir en capital cultural, nutrir nuestro mundo interior y recordar que las grandes obras persisten en nuestro espíritu al abandonar las salas. Siguen habitándonos tiempo después, como los sueños memorables cuya lógica nunca conseguimos explicar completamente, pero cuyo impacto interior permanece intacto. Hay viajes que nos transportan a algún destino y otros que nos regresan transformados, hacia nosotros mismos.







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