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Nuestra casa como parte de nuestra identidad

hace 6 minutos
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Nuestra casa como parte de nuestra identidad
Nuestra casa como parte de nuestra identidad

Nadie vive en una casa neutra. Entramos a una casa y en cinco minutos sabemos si ahí se lee, si se reza, si se discute mucho, si alguien canta mientras lava los trastes. La casa nos delata antes de que nosotros digamos quiénes somos.


Porque la casa no es solo donde estamos. Es lo que somos cuando nadie nos ve.

1. La casa es nuestro archivo

Guardamos lo que no queremos olvidar. No lo importante, lo íntimo.

La taza desportillada que era de mi mamá y que nadie tira. La foto del abuelo en blanco y negro que ya no sabemos dónde fue tomada pero ahí sigue. El cajón de la cocina con curitas, pilas, ligas y un boleto de algo que ya no existe.


Nuestra identidad no está en lo que presumimos en la sala. Está en lo que acumulamos sin querer en esos rincones. Somos coleccionistas de nuestra propia historia, y la casa es la bodega donde esa historia respira.



Quita todo de una casa y deja solo las paredes, y no sabrás quién vive ahí. Devuélvele sus objetos y sabrás todo.


2. La casa nos educa el cuerpo

Aprendemos a ser en nuestra casa.

Aprendemos si se habla fuerte o bajito. Si se pide perdón o se deja pasar. Si la puerta del cuarto se cierra o siempre está abierta. Si se come todos juntos a la misma hora o cada quien cuando puede. Si hay plantas que alguien riega todos los días o si todo lo que entra se marchita.


Eso no se nos olvida nunca. Puedes irte a otra ciudad, a otro país, y vas a tender la cama como te enseñaron a tenderla. Vas a hacer el café como se hacía en tu cocina.

Vas a repetir, sin darte cuenta, el tono con el que se pedían las cosas en tu casa.

La identidad no es una idea en la cabeza. Es una coreografía que aprendimos en pasillos cortos.


3. La casa es el primer idioma

Cada familia inventa palabras que solo se entienden ahí. La manera de decirle a la cobija, a la esquina donde da el sol en la tarde, al ruido que hace el refri. Afuera somos formales. Adentro tenemos apodos, chistes que no dan risa fuera, maneras de decir te quiero sin decirlo.



Por eso cuando alguien se va de casa, no extraña los metros cuadrados. Extraña ese idioma. Extraña que alguien sepa exactamente cómo le gusta el huevo, dónde deja las llaves, qué significa su silencio.


Y por eso duele tanto perder una casa. No es perder un techo. Es perder una parte del diccionario con el que nos entendíamos a nosotros mismos.


Al final, cuidar nuestra casa no es decoración. Es cuidado de la identidad. Pregúntate cada tanto: ¿esta casa se parece a la persona que quiero ser? ¿Lo que hay aquí me sostiene o me estorba? ¿Si entrara una niña pequeña, qué aprendería de la vida solo con mirar cómo vivimos aquí?


Porque no vivimos en nuestra casa.

Nuestra casa vive en nosotros.

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