¿DE QUÉ ESTAMOS HECHOS?

Ser mexicano no es una sola cosa. Y ahí está justo nuestra riqueza y también nuestro
conflicto.
Nos enseñaron en la primaria que la identidad mexicana es el mestizaje, el maíz, el mariachi y la Virgen de Guadalupe. Y sí, todo eso es. Pero reducirnos a eso es como
querer explicar el mole con solo un ingrediente. La identidad mexicana no es un traje folclórico que nos ponemos cada 15 de septiembre; es una conversación que llevamos siglos teniendo con nosotros mismos.
Somos un país que aprendió a vivir entre contradicciones y a hacer de eso una forma de ser. Somos profundamente comunitarios: la familia, la cuadra, la fiesta del pueblo, el "¿ya comiste?" como forma de decir te quiero. Y al mismo tiempo, somos tremendamente individualistas, del "como sea, yo me las arreglo". Celebramos la muerte con pan, azúcar y cempasúchil, nos reímos de ella, y a la vez le tenemos un respeto casi sagrado.

Nuestra identidad está marcada por la resistencia. Resistimos 300 años de colonia, resistimos invasiones, dictaduras, crisis económicas que hubieran tumbado a cualquiera. De ahí viene eso que Octavio Paz llamaba el "ninguneo" y el albur: nos reímos para no llorar, le sacamos chiste a la tragedia porque si no, no aguantamos. El mexicano no se rinde, se adapta. Convierte una llanta en maceta, un lote baldío en cancha de futbol, una carencia en ingenio.
Pero también somos herederos de una herida que no hemos terminado de sanar. Seguimos cargando con el dilema de si nos sentimos más indígenas o más españoles, cuando en realidad somos ambos y ninguno. Nos da orgullo decir "tenemos la cultura azteca y maya", pero nos cuesta voltear a ver a las comunidades indígenas vivas de hoy, a las que les debemos tanto y les hemos dado tan poco. Hablamos de 68 lenguas originarias como dato turístico, no como realidades que se están apagando.

La identidad mexicana de hoy ya no solo está en el campo o en el centro histórico. Está en el metro de la CDMX a las 7 de la mañana, en la fila de las tortillas en Toluca, en el taller de tu colonia, en el TikTok de una chavita que hace doblaje en náhuatl, en el migrante que cruza y sigue mandando dinero y sigue siendo mexicano aunque esté a miles de kilómetros. Es migrante, urbana, digital, feminista, diversa. Ya no cabe en la postal del charro y la china poblana, aunque también los abrace.

Quizá por eso nos cuesta tanto definirnos. Porque no somos una identidad pura, somos una identidad mezclada, prestada, reinventada. Somos barroco y minimalismo, somos rezanderos y supersticiosos, somos formales con el "usted" y al segundo ya somos "carnal".
Ser mexicano, al final, no es haber nacido aquí. Es una decisión diaria de pertenecer. Es quejarte del país con todo el corazón y defenderlo si alguien de fuera lo ataca. Es saber que aunque todo falle, siempre habrá una cumbia que te levante, un bolillo para el susto y alguien que te diga "échale".

No necesitamos una identidad perfecta. Necesitamos una identidad honesta. Una que nos incluya a todos, no solo a los del comercial.








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