AMAR EL LUGAR DONDE VIVES
- Alma Bernal

- hace 4 horas
- 3 min de lectura

Todos merecemos una ciudad un poco mejor que la que tenemos. Y cuando ya somos cuatro mil millones los humanos que las habitamos, no es extraño que cada día susciten mayor atención. La urbe se expande bulímica y no parece conocer límite su despliegue vertiginoso. Entenderlas se ha convertido en una empresa desmesurada.
Pero nosotros no queremos escribir como lo hacen los geógrafos o los sociólogos. Vamos a medirnos con lo obvio: sólo con lo que (nos) pasa y muy poco con lo que pasa. Queremos subrayar lo experiencial antes que lo experimental.
Las ciudades son un artefacto colosal que regula, modula, condiciona y asfixia, pero que también amplia, extiende, potencia o multiplica nuestras posibilidades. Es prácticamente imposible escapar a su ubicuidad e influjo. Pero siendo entes tan cercanos, nos han enseñado a tratarlas como si fueran volcanes o mares, como sinada pudiéramos hacer para modificarlas.
Donde vivimos desempeña un papel enorme en cuanto a las oportunidades de trabajo y redes profesionales que están a nuestro alcance, así como las personas que conocemos, con las que salimos y con las que escogemos al final como nuestros compañeros permanentes.

Sabemos que para muchas personas es más fácil enamorarse de una ciudad ideal cualquiera; es decir, de un concepto rotundo antes que del espacio destartalado que transitamos. Y quizás sea comprensible, porque en una ciudad perfecta es tan fácil tener garantizados los derechos, como abastecer nuestras necesidades con solo abrir un grifo, bajar a la compra, caminar hasta el teatro, jugar en los columpios o deambular por las calles entre escaparates repletos y rostros satisfechos. En la ciudad que vivimos, en cambio, no hay sitio para aparcar y cualquier extraño con prisa puede maldecirte por haberlo tropezado. Vivimos entre humos y atascos, con salarios enclenques y con vacaciones poco reparadoras para lo que nos merecemos.

Amar el lugar donde vivimos transforma nuestro entorno cotidiano en un hogar real, nos da paz mental, reduce el estrés diario y crea un profundo sentido de pertenencia. Al conectar con nuestra ciudad o comunidad, cuidamos mejor de los espacios, apoyas a los vecinos y se disfruta más la vida.
Todos tenemos algo que dar y, afortunadamente, no todos damos lo mismo. Se necesita toda una comunidad de diferentes dones, habilidades, ideas y perspectivas para cambiar una comunidad a mejor.

1. Haz algo para amar a tu vecino. Aunque "Ama tu ciudad" es un movimiento global, empieza por lo local. Empieza con una persona que establece una conexión con otra. Lleva galletas a tu vecino. Salga a pasear con un amigo.
2. Acoge una campaña. ¿Te gusta amar el lugar donde vives?
3. Haz que tus amigos participen.
4. Da lo que tienes. Lo decimos siempre porque lo decimos en serio. Hazte voluntario con nosotros en cualquiera de nuestros equipos en todo el mundo y da tu tiempo y tus habilidades para ayudar a construir la conexión y la atención en una ciudad.
Nadie discute la grandeza de este gran artefacto que llamamos ciudad. Su factura es cosa de siglos y siempre ha reclamado mucha determinación generacional para que funcione. La hemos construido entre todos, poco a poco, paso a paso, con tenacidad y multitud de herramientas. Porque la adaptación a la vida urbana requirió una particular relación con el espacio tan sensible a las necesidades de momento como atenta a los deseos de futuro. Los humanos urbanos ponen en marcha infraestructuras para compartir recursos y conocimientos que sólo tienen sentido como empresas colectivas, ya sean hospitales o parques, ya sean mercados o fiestas. La iluminación, la salubridad o la fluidez de nuestras calles son bienes tan queridos como compartidos. Es cierto, la ciudad es inimaginable sin la solidaridad. Y esta relación tan elusiva es emocionante.







Comentarios