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EL TALLER DE LOS ESPEJOS

hace 13 minutos
2 min de lectura

La adolescencia no es una crisis de identidad. Es el taller donde se fabrican todas.


De niños nos dan un nombre, una casa, un equipo. Lo aceptamos sin preguntar. En la

adolescencia, por primera vez, lo devolvemos todo para revisarlo. El cuerpo se adelanta a la cabeza, la voz cambia, los amigos se vuelven brújula y la pregunta ya no es qué quiero hacer, sino quién soy cuando nadie me mira.


Erikson llamó a esto moratoria psicosocial, un tiempo prestado entre la infancia y la adultez para probar versiones de uno mismo sin tener que firmar todavía. Y eso hace un adolescente: prueba. Prueba peinados, pronombres, músicas, ideologías, grupos,

silencios. No por indecisión, sino por método. Cada identidad que se pone es un ensayo, cada tribu a la que entra es un laboratorio.



El problema es que hoy ese laboratorio tiene público. Antes te probabas frente al espejo del baño. Ahora te pruebas frente a cien espejos que opinan, califican y archivan. Las redes no inventaron la búsqueda de identidad, pero la volvieron performativa. Ya no basta con sentirte skater, tienes que parecerlo, grabarlo y sostenerlo. Eso cansa. Y confunde, porque muchos creen que si cambian de estética traicionaron lo que eran ayer, cuando en realidad solo están haciendo lo propio de la edad: moverse.



También olvidamos que la identidad no es una sola. Nadie es solo una cosa. Somos la hija, la amiga que escucha música triste, la alumna que odia matemáticas pero ama debatir, la que habla otomí en casa de la abuela y otro código con sus amigos en Toluca. La tarea no es elegir una y matar las otras. Es lograr que convivan sin hacerse guerra.


Por eso duele. Porque implica duelos. Dejar de ser el niño bueno para ser alguien más honesto, dejar un grupo para pertenecerte a ti. Y ahí los adultos fallamos. Preguntamos qué vas a estudiar como si eso definiera quién eres, o decimos es solo una etapa como si las etapas no dejaran marca.



Acompañar no es corregir identidades. Es ofrecer un lugar seguro donde probarlas. Un cuarto con puerta, una conversación sin juicio, un adulto que no se asuste si el joven de hoy no se parece al de hace tres meses. Porque no se parece. Está aprendiendo a parecerse a sí mismo.


Y eso, aunque asuste, es una buena noticia.

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