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La Música en tiempos de IA

Hoy quiero empezar contándote algo de mí, algo muy mío con lo cual me conecto con la vida de forma mágica: la música. Desde que era un niño fue algo que llamaba mi atención y que siempre ha tenido un espacio muy peculiar en mi vida (aunque he de confesar que tal vez fui el único niño de la escuela donde iba que se fue a extra de guitarra… quién iba a pensar que después sería algo que no solo me formó musicalmente; me atrevo a decir que formó al hombre que soy hoy). Y sí, me puedo poner muy romántico con este tema, incluso muy criticón con la música que escucho (en mi casa dan cuenta y queja de ello).


Durante muchos años, tocar con mis hermanos de Sr. Lodsh en bares y festivales era lo más mejor del mundo mundial —sí, más mejor; si no, no se entiende la profundidad que quiero que sientas—. Pasé mucho tiempo con ellos, además, componiendo música. Logramos componer un disco, tenerlo en todas las plataformas de música, el CD del cual diseñé la portada, el booklet (bueno, el librito de las letras, pues). En fin, todo un proceso que, pese a la autocrítica destructiva que tuvimos como banda, al día de hoy me enorgullece mucho (date una vuelta por Spotify y búscanos si no me crees; te recomiendo “Cicuta & Níquel”, “Sin Saber” y “Gritando en Silencio”, son con las que más los recuerdo).


Y bueno, ¿por qué te estoy abriendo un poco mi corazón hoy con este tema? Porque me encuentro en una disyuntiva. Como has podido inferir en otras entregas de esta columna, soy asiduo a aprender de nuevas tecnologías e implementarlas en mi vida. Vaya, hasta como diseñador me queda claro que las nuevas herramientas no sustituyen a la profesión (la verdad es que la IA aún no le da a la precisión quirúrgica de la intención), pero son indispensables para poder estar vigente en el negocio. Pero cuando lo traslado al mundo de la música… sí me causa comezón.


Y no, no es que sea un melómano purista —o tal vez sí, pero no lo acepto, jaja—, pero que un chavito “haga música” en su teléfono mientras está disociando en la clase de trigonometría que le aburre… perdón, pero eso no es música. Lo sé, crees que voy a criticar al Homo Algorithmus, y la verdad es que hoy sí. Descaradamente.


Desmenucemos esto. La RAE define música principalmente como el arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o ambos a la vez, de manera que produzcan deleite, conmoviendo y transmitiendo emociones. Tú me podrás decir: “¿pero por qué no? Ingresas un prompt claro diciendo que quieres transmitir cierta emoción, con cierto ritmo, etc… ¿no es lo mismo que haces diseñando?”. Por supuesto que, con gran madurez, respondería que ni madres, azotaría la puerta y regresaría con el argumento más tóxico que se me ocurra. Hoy no es el caso, respira.

 

Porque la música, al igual que el diseño o cualquier arte, no es la entrega de un producto —en este caso, de sonidos armónicos—. Es plasmar una parte de ti. Es permitir que un sonido cuente tu breve momento en este mundo. Y no es solo crear el sonido, no, no, no… es transmitir emoción. Cuando uno compone con el corazón roto, también hace música dentro de él.


Déjame llevarte por este camino. ¿Te atreves? Va a ser algo extraño. Abre cualquier plataforma y busca “La Sirenita – Pobres Almas en Desgracia”. Jajaja, te dije que iba a ser extraño; no me culpes, como lo mencioné antes, soy papá y me tengo que echar varias de Disney. Volvamos. Quiero que pongas particular atención en la voz. Quien interpreta la voz en su versión latina es Serena Olvido. Puedes ver —en serio, puedes ver— la teatralidad con la que gesticula, lo logra transmitir y puedes imaginarte que el personaje de Úrsula existe. Como dato cultural, Serena, actriz de doblaje que logra esta interpretación, nació bajo el nombre de José Ángel Garza; apuesto a que no lo sabías.


Mi siguiente ejemplo, para que no me vayan a molestar en la escuela de los músicos: Petrucci, uno de los mejores guitarristas contemporáneos. Escucha “Lost Without You”. Esta canción, además de tener una técnica magistral y que el infeliz toca así de limpio en vivo, con solo música puedes sentir la energía que transmite. No quiero sugerirte qué sentir; escúchala, mastícala, dime qué te parece en los comentarios.


Estos dos ejemplos totalmente contrastantes los uso para exponer un solo punto: la música es un reflejo del ser humano, no un producto que empaquetas y vendes (te juro que no quieres que hable del reguetón). ¿Quién, viendo a su artista favorito, no siente una emoción que lo lleva a las lágrimas, gritos o éxtasis auditivo? Y puede ser con grandes intérpretes; tengo un gran amigo/primo/hermano que es fan de Luis Miguel, y eso le transmite (y, pese a sus gustos de adolescente noventera, lo quiero). Cuando he visto a Metallica en vivo… ¡fuck yeah!, ¡qué energía! Escuchando sus discos fue que supe que quería ser músico.


Ahora dime: ¿qué IA puede lograr lo que estoy escribiendo? ¿Qué chavo que haga sonidos y “pegue” en Spotify te está transmitiendo su historia? ¿Cuál es el prompt para sacar un virtuosismo como el de Yngwie Malmsteen o la improvisación de Victor Wooten? Si la encuentras, mándamela y calla mis letras.


El problema del Homo Algorithmus es su insaciable hambre por consumir sin observar qué se lleva a los oídos. Por eso hoy te hago una recomendación como melómano calificado: ¡escucha cosas buenas! No cualquier cosa prefabricada. No dejes que el algoritmo te diga qué escuchar, sal de lo convencional. Mira, a mí no me gusta la salsa, pero reconozco su gran nivel de orquestación y hasta llego a disfrutarla (muy de vez en cuando, vaso en mano, gracias).


Seguro has escuchado de Angine de Poitrine, quienes se han vuelto virales más por su show y extraño sonido que por una valoración más profunda (o eso creo). Ellos hicieron esto para ir justo en contra de la IA. La IA solo puede armar cosas con el conocimiento previo a su alcance. La música microtonal no es comercial, por eso es muy difícil que una IA la reproduzca.

 

Antes de finalizar esta entrega y pasar a mi dedicatoria de cierre, te comparto lo que dijo Billy Corgan, líder de The Smashing Pumpkins:

“Me niego a usar IA en mi creación musical. Porque, para mí, es un pacto con el diablo. La presión, la inspiración, la búsqueda interior, el no estar seguro de tener algo más que decir… todo eso es parte del camino que un compositor necesita recorrer”.


Esta columna de Homo Algorithmus va dedicada con mucho cariño a Eliseo, Omar, Alonso, Abel (el poderoso Pato Castillo)… bueno, hasta al Dante. Que, a donde quiera que nos lleve el mar de la existencia, nunca pierdan el superpoder de ser músicos, de ser Sr. Lodsh.

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