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LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA PRONTA “El caso Claudia Tacoronte”

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LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA PRONTA “El caso Claudia Tacoronte”
LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA PRONTA “El caso Claudia Tacoronte”

Hay algo que como sociedad debemos preguntarnos cuando un caso conmociona al país: ¿la justicia funciona cuando hay cámaras, titulares y presión social?


El reciente feminicidio de Claudia Tacoronte, estudiante española de 21 años a quien le quitaron la vida en Cuautla, Morelos, ha provocado indignación en México y España.


En cuestión de días, las autoridades obtuvieron una orden de aprehensión, detuvieron al probable responsable y un juez de control lo vinculó a proceso, imponiéndole prisión preventiva oficiosa y estableciendo cuatro meses para el cierre de la investigación complementaria. (La Jornada⁠)


Nada de esto debería parecernos extraordinario.

Claudia tenía derecho a una investigación seria, diligente y eficaz. Su familia tenía derecho a respuestas. La sociedad tenía derecho a exigir el esclarecimiento de un crimen.



Pero precisamente por eso surge una pregunta incómoda: ¿por qué esa misma urgencia no siempre se percibe en los casos que no ocupan las primeras planas?


La justicia pronta no debería ser una excepción derivada de la notoriedad de una víctima. El artículo 17 constitucional establece que toda persona tiene derecho a que se le administre justicia de manera pronta, completa e imparcial. No dice que ese derecho dependa de la nacionalidad de la víctima, de la cobertura mediática del caso, de la presión de las redes sociales o de la atención de autoridades extranjeras.


Y aquí está el verdadero problema.


No se trata de cuestionar la rapidez con la que se ha actuado en el caso de Claudia. Al contrario: esa rapidez debería convertirse en el estándar para todos. Porque mientras un caso mediático moviliza instituciones, genera conferencias de prensa, pronunciamientos oficiales y seguimiento permanente, existen miles de víctimas que enfrentan otra realidad: carpetas que permanecen abiertas durante meses o años, investigaciones que avanzan lentamente, audiencias que se difieren, peritajes que tardan y familias que terminan convirtiéndose en investigadoras de sus propios casos.


La diferencia no debería estar en quién tiene más capacidad para hacer ruido.

Una víctima no debería necesitar que su historia se vuelva viral para que su expediente sea tratado con urgencia.

Tampoco debería ser necesario que un caso tenga repercusión internacional para que las instituciones demuestren que pueden coordinarse, investigar y actuar con rapidez.


El caso de Claudia ha demostrado que, cuando existe voluntad institucional, coordinación y presión suficiente, los procesos pueden avanzar rápidamente.


LA PREGUNTA ENTONCES NO ES SI SE ESTÁ HACIENDO DEMASIADO POR CLAUDIA.

LA PREGUNTA ES SI SE ESTÁ HACIENDO SUFICIENTEMENTE POR TODAS LAS DEMÁS VÍCTIMAS.


Porque una justicia que responde únicamente cuando la sociedad está mirando corre el riesgo de convertirse en una justicia selectiva, no necesariamente porque alguien decida deliberadamente favorecer un caso sobre otro, sino porque los niveles de atención institucional pueden terminar dependiendo de factores que nada tienen que ver con el derecho de las personas.


Y ahí es donde debemos ser especialmente cuidadosos.


LA JUSTICIA NO PUEDE FUNCIONAR BAJO EL PRINCIPIO DE “CASO MEDIÁTICO, CASO PRIORITARIO”.

DEBE FUNCIONAR BAJO UN PRINCIPIO MUCHO MÁS SENCILLO Y MUCHO MÁS EXIGENTE:


Pero el verdadero éxito de un sistema de justicia no debería medirse por la velocidad con la que responde cuando todos están observando, debería medirse por lo que ocurre cuando nadie está mirando.

 Por esa carpeta que no aparece en los periódicos.

 Por esa familia que no tiene contactos.

 Por esa mujer cuyo caso no se vuelve tendencia.

 Por esa víctima que no tiene una embajada detrás.

 Por ese expediente que permanece en un escritorio mientras el tiempo, que también es una forma de injusticia, sigue avanzando.


Claudia merece justicia. Sin ninguna duda.

Pero también la merecen todas aquellas víctimas cuyos nombres quizá nunca conoceremos.


Porque la justicia pronta no puede ser un privilegio de los casos que logran convertirse en noticia. Debe ser la regla para todos.

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