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Sororidad: ¿pacto real o pose políticamente correcta?

Sororidad: ¿pacto real o pose políticamente correcta?
Sororidad: ¿pacto real o pose políticamente correcta?

Hay palabras que llegan al discurso público, se vuelven políticamente correctas y terminan repitiéndose tanto que corremos el riesgo de olvidar lo que realmente significan.


Una de ellas es sororidad.


El concepto proviene del latín soror, hermana, y fue retomado por el feminismo contemporáneo para referirse a una alianza entre mujeres: reconocernos, acompañarnos y construir redes frente a las desigualdades y violencias que históricamente hemos enfrentado.


En teoría, suena impecable. Pero vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente estamos viviendo una cultura de sororidad o simplemente hemos aprendido a utilizar la palabra correcta en el momento políticamente correcto?


Durante los últimos años hemos incorporado al discurso público conceptos fundamentales como: igualdad sustantiva, perspectiva de género, empoderamiento y derechos de las mujeres. Sin duda, este cambio ha sido necesario.


Pero una cosa es incorporar estos conceptos al discurso y otra muy distinta convertirlos en conductas.


Porque no basta con decir que creemos en las mujeres si, en la práctica, somos capaces de destruir a otra mujer para conservar una posición, obtener un cargo, ganar una elección o proteger nuestros propios intereses.


Y aquí debemos reconocer una realidad que a veces incomoda: sí existe violencia de mujer a mujer.


La ENDIREH 2021 señala que 27.9% de las mujeres que habían trabajado experimentaron violencia a lo largo de su vida laboral. Entre quienes reportaron haberla vivido, 34.2% identificó como agresores a compañeros y compañeras de trabajo. El dato no permite afirmar que se trate exclusivamente de mujeres agresoras, pero sí demuestra que los espacios donde convivimos entre pares tampoco están automáticamente libres de violencia.


Exclusión, competencia desleal, desacreditación, abuso de poder y discriminación también pueden existir entre mujeres.


Y quizá donde esto resulta más evidente es en la política.


La sororidad se ha convertido en una bandera atractiva: fotografías de mujeres juntas, discursos de unidad, mensajes de “mujeres apoyando mujeres”, eventos sobre empoderamiento y campañas que utilizan la palabra como símbolo de legitimidad.

Pero hay una prueba muy sencilla para saber si esa sororidad es auténtica:


¿Qué ocurre cuando la otra mujer deja de ser útil?


Porque la sororidad no puede depender de la conveniencia. No puede existir únicamente cuando compartimos partido, grupo político, amistad, proyecto o aspiraciones.


Tampoco significa defender automáticamente a cualquier mujer por el simple hecho de ser mujer.


La sororidad no es complicidad. No significa encubrir, guardar silencio frente a una injusticia ni utilizar la condición de mujer como un blindaje frente a la crítica.


Una mujer puede equivocarse. Una mujer puede abusar de su poder. Y señalarlo no debería convertirse automáticamente en “violencia entre mujeres”.


Por el contrario, la sororidad auténtica debería permitirnos decirnos la verdad, exigirnos y poner límites.


Tal vez la verdadera sororidad no se demuestra en los discursos, sino cuando nadie está mirando.

Cuando no genera una fotografía.


Cuando no produce una publicación en redes sociales.


Cuando no nos acerca a un cargo.


Incluso cuando defender lo justo puede costarnos algo.


Porque existe también una forma silenciosa de violencia: hablar de igualdad mientras reproducimos las mismas prácticas de exclusión que criticamos en otros.


La sororidad no debería ser una pose políticamente correcta. Debería ser una práctica incómoda.


No consiste en estar de acuerdo con todas las mujeres. Consiste en reconocer su dignidad, defender sus derechos aunque no nos beneficie, cuestionar las injusticias incluso cuando las comete alguien de nuestro propio grupo y entender que el crecimiento de otra mujer no disminuye nuestro propio valor.


En tiempos donde las palabras pueden convertirse fácilmente en herramientas de posicionamiento político, quizá sea momento de recuperar su significado.


Porque decir “mujeres apoyando mujeres” es fácil.


Lo verdaderamente difícil es demostrarlo cuando nadie está mirando.


Y ahí, justamente ahí, sabremos si hablamos de un pacto real…


o solamente de una pose políticamente correcta

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