El sabor del retorno a Sultepec

Sentí aquel tirón suave en el alma y supe que había llegado la hora.
¡Qué alegría, por todos los santos! De este lado, la eternidad es pacífica, no voy a negarlo. Pero nada se compara con el cosquilleo que me recorre los tobillos cuando el puente de cempasúchil vuelve a tenderse sobre el abismo, alumbrado por veladoras, envuelto en los aromas de la ofrenda y sostenido por la ilusión de los vivos, que aguardan mi regreso a casa.
Me pasé los dedos por el cabello, todavía abundante, faltaba más. Tracé la moica con el peine de hueso que reservo para estas fechas y acomodé las solapas del saco. Elegí mi mejor atuendo, el de los domingos de plaza para el chisme y de misa para el arrepentimiento. Uno no puede regresar con fachas a su querido Sultepec. Allá abajo se toman el trabajo de esperarnos con la casa limpia y el corazón abierto. Lo menos que puedo hacer es presentarme bien ajuariado como el caballero alegre que siempre fui.
¡Ay, Sultepec de mis recuerdos! Sus calles empedradas, que suben y bajan entre la niebla de la sierra; el eco de los pasos sobre la cantera bajo los techos de teja roja; ese frío de la mañana que despierta el alma.


Apenas crucé el umbral de la eternidad, el olor a tierra mojada y cempasúchil me recibió como un abrazo. A lo lejos, las velas titilaban trazando un sendero de destellos anaranjados para que no me perdiera entre los demás visitantes.
Avancé sin prisa, aunque con el paso ligero de los niños cuando corren al recreo. Llegué a casa y entré por la rendija de la puerta principal, sin hacer crujir una sola tabla.
¡Qué chula estaba la mesa del altar!
Mi familia no había olvidado nada: la jarra de agua fresca para aliviar la sed del camino; las naranjas rebosantes de jugo; los plátanos dominicos; el pan de muerto cubierto de azúcar como una nube, y mis guisos y tacos predilectos. Entre las flores, las veladoras ardían despacio; su calor tenue me devolvió por un instante la sensación de tener sangre en las venas. Tampoco faltaron los viejos vicios que apresuraron mi partida: refresco, cigarrillos y mezcal. ¡Qué ironía la de los míos: recibirme con aquello que me mandó al otro mundo!
Fue entonces cuando mis ojos, guiados por el niño que todos llevamos dentro y que de este lado jamás envejece, se dirigieron al centro del altar.
Ahí estaba.
El rey de la mesa.
El dulce de pipián.
De pura dicha, sentí que los pies se me separaban del suelo. Eran piezas perfectas, moldeadas con aquella pasta blanca de semilla de calabaza y azúcar, realzada por un toque cítrico, tenue y secreto, que solo mi gente en Sultepec sabe encontrar.

Esta vez habían dispuesto una galería de figuras sobre tablillas de tejamanil. En el centro se alzaba una cruz cuyos bordes repetían pequeños motivos, impresos uno a uno con pinzas de
lámina de diferentes dentados. Allí estaba el oficio: en la presión exacta, en el pulso firme y veloz que no podía titubear y en las horas dedicadas a que cada trazo quedara en su sitio. A un costado aparecían varias gallinitas de pecho erguido y cresta fina; al otro, un borreguito de lomo pachón, con la boca entreabierta, como si estuviera a punto de balar. Los ojos de los borregos, las gallinitas, las ballenas y cuanta criatura alcanzaba a distinguir eran semillas de la planta que en Sultepec llamamos amor quelite. Bajo la luz de las velas, aquellos puntos oscuros parecían devolverme la mirada. Cada pieza guardaba las horas dedicadas a moler la semilla, preparar la pasta y cocerla a fuego lento en la olla de barro, luego modelar los cuerpos y decorar hasta el último borde. Era tiempo, oficio y memoria puestos sobre el altar. Los pabellones coloridos de papel de China coronaban las figuras y temblaban con la brisa nocturna.
Me acerqué con el recogimiento de quien entra en un santuario.
Tomé una gallinita entre mis manos invisibles. La pasta seguía tierna y parecía guardar el calor de quien la había moldeado aquella tarde. La llevé a los labios. En cuanto la probé, ocurrió el milagro. El dulzor de la semilla y el destello cítrico avivaron mis sentidos, pero el verdadero sabor venía de más lejos. El tiempo entero regresó a mi boca.
Volví a tener ocho años.
Me vi corriendo descalzo por el patio, con la cara manchada de tierra y las manos pegajosas, mientras mi abuela hacía girar el molino de mano, preparaba la pasta y moldeaba las figuras sobre la mesa de madera. Reviví el asombro de ver cómo de sus manos surgían los detalles de cada figura.
Nunca había sido una golosina cualquiera. En su forma frágil permanecían mi abuela y su oficio, el patio de la casa, las tardes de noviembre y el niño que fui. Era una porción de infancia que la muerte, por mucho que se empeñe, jamás podrá arrebatarnos.
Me reí despacito. El sonido apenas fue un soplo entre las cortinas, pero bastó para que las llamas de las velas tremolaran.
—Gracias, querida familia— murmuré frente a mis retratos en el altar. Supieron qué hilo de la memoria debían jalar para traerme de vuelta.

Después me senté en el equipal del rincón, con el traje impecable y la gallinita de pipián entre las manos. Desde la penumbra, me quedé contemplándolos mientras dormían.
El puente seguía abierto. La casa olía a cempasúchil, pan y semilla tostada. Yo, el difunto más dichoso, había regresado al único lugar del universo donde la memoria todavía podía probarse.
Sabía a Sultepec.











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