Cuando el poder se reinventa
- Aline Iniestra

- hace 17 horas
- 2 min de lectura

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando asumimos una posición de liderazgo: ¿qué ocurrirá cuando termine?
Nos preparamos para llegar, estudiamos, trabajamos, construimos relaciones, aceptamos responsabilidades cada vez mayores y aprendemos a desenvolvernos en espacios de toma de decisiones, sin embargo pocas veces hablamos de lo que significa cerrar un ciclo y regresar a la cotidianidad.
Recientemente concluí mi periodo al frente de CANAGRAF Estado de México, fue un ciclo intenso, de grandes aprendizajes, de representación empresarial y de la oportunidad de abrir camino como la primera mujer en dirigir el organismo en más de tres décadas.
Y entonces un día, todo cambia.
Dejas de escuchar el "buenos días, Presidenta, adelante". Las agendas dejan de girar en torno a tus actividades. Las llamadas disminuyen y descubres que algunos espacios que parecían permanentes, en realidad pertenecían al cargo y no a la persona. Es un ejercicio de humildad y al mismo tiempo de autoconocimiento.
Porque la vida pública tiene algo de escenario. Mientras ocupamos una posición de liderazgo, existe una exposición constante que puede hacernos olvidar que nuestra identidad es mucho más amplia que el título que aparece en una tarjeta de presentación.
Los cargos terminan, las etapas cambian, los reflectores se apagan, pero hay algo que permanece, permanece la experiencia acumulada, las relaciones genuinas, el aprendizaje y, sobre todo, la capacidad de reinventarnos.
He tenido el privilegio de coincidir con muchas mujeres que han transitado de la vida pública hacia los negocios, el emprendimiento, la consultoría, la academia o las causas sociales. Mujeres que un día ocuparon posiciones de alta exposición y que, al concluir una etapa, decidieron construir una nueva.
Y quizás ahí reside uno de nuestros mayores superpoderes, la capacidad de comenzar otra vez, de entender que el liderazgo no se pierde porque termine un nombramiento, que la influencia no depende de un protocolo, que el reconocimiento más importante es el que construimos a partir de nuestra trayectoria y nuestros valores.
Las mujeres solemos conocer muy bien ese ejercicio de reinvención, lo hacemos al convertirnos en madres, al cambiar de profesión, al emprender un proyecto o al enfrentar nuevas circunstancias personales y profesionales. Aprendemos, una y otra vez, que la vida no está hecha de posiciones permanentes, sino de etapas que nos invitan a evolucionar.
Por eso, regresar al escritorio propio, volver al negocio que nos apasiona, recuperar tiempos familiares y reencontrarnos con la rutina no debería entenderse como un paso atrás.
Es en realidad un regreso a la esencia, porque el verdadero poder no consiste en permanecer indefinidamente en un cargo, consiste en saber que podemos dejarlo ir sin que se lleve nuestra seguridad, nuestra voz o nuestra capacidad de crear.
Al final, ninguna posición nos define por completo. Somos mucho más que el lugar que ocupamos en una mesa de decisiones.
Y cuando entendemos eso, descubrimos que ningún final representa una pérdida. Cada cierre es simplemente la oportunidad de reinventar nuestro poder y ejercerlo desde nuevos espacios, con la misma convicción y con una versión más plena de nosotras mismas.







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