“Me echaron los perros”, me dijo alguien entre risas, como quien advierte y seduce al mismo tiempo. No se trataba de una amenaza, sino de una invitación a cruzar el umbral de un lugar donde el lenguaje se vuelve código y el trago, pertenencia. En la calle Pino Suárez, en pleno centro de Toluca, la Cantina La Esmeralda (mejor conocida como “Los Perros”) resiste como un feudo etílico donde la historia se bebe a pequeños sorbos verdes.