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Pasión

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La pasión es una de las fuerzas más poderosas de la conducta humana. Permite sostener esfuerzos que la razón, por sí sola, difícilmente justificaría. Ayuda a entrenar cuando el cuerpo está cansado, insistir cuando los resultados tardan y continuar cuando otros abandonan. Sin pasión, muchos grandes objetivos serían imposibles. El problema comienza cuando deja de ser una fuente de energía y se convierte en una forma de identidad.


La psicología distingue entre dos maneras de vivirla. La primera es la pasión armoniosa: una actividad nos importa, ocupa un lugar relevante en nuestra vida y orienta parte de nuestro esfuerzo, pero no controla completamente quiénes somos. Podemos entregarnos a ella sin perder criterio, relaciones, equilibrio ni capacidad para aceptar una derrota. La segunda es la pasión obsesiva. En ella, la actividad deja de ser algo que hacemos y se convierte en aquello que creemos ser. Nuestro valor personal comienza a depender del resultado. Ganar confirma nuestra superioridad; perder amenaza nuestra identidad. Las investigaciones desarrolladas alrededor del modelo dualista de la pasión muestran que esta versión obsesiva se relaciona con mayores niveles de agresividad, especialmente cuando la persona percibe que su autoestima está siendo amenazada.


El reciente Mundial permite observar con claridad esta diferencia. Argentina llegó al torneo con una selección extraordinaria, respaldada por una afición cuya pasión ha sido durante décadas fuente de cohesión, orgullo y grandeza deportiva. Esa energía ayuda a explicar su capacidad competitiva, su resistencia y la intensidad con la que jugadores y seguidores viven cada encuentro. Sin embargo, el problema no apareció solamente en la derrota de la final. También se manifestó en las victorias. Después de superar a Cabo Verde y Egipto, sectores de la afición argentina incurrieron en burlas, provocaciones y actos de hostilidad contra seguidores rivales. La celebración dejó de ser alegría por el triunfo y comenzó a convertirse en una oportunidad para humillar al derrotado. El episodio más revelador ocurrió después de vencer a Inglaterra. Durante la celebración, jugadores argentinos desplegaron una manta con la frase “Las Malvinas son argentinas”. La reivindicación puede formar parte legítima de la historia, la diplomacia y el debate nacional argentino, pero utilizar una competencia deportiva para provocar al adversario contravino no sólo las reglas que prohíben mensajes políticos, sino una norma elemental de decencia: la victoria no concede el derecho de degradar al vencido.


En la final, Argentina perdió frente a España en un encuentro marcado por faltas, tarjetas, enfrentamientos y una evidente incapacidad para reconocer la superioridad del adversario. Después del partido, algunos jugadores terminaron dando la espalda a la celebración española.

Argentina se comportó mal cuando ganó y se comportó mal cuando perdió. Frente a Inglaterra, Egipto y Cabo Verde, la pasión se expresó como arrogancia y necesidad de humillar. Frente a España, se convirtió en incapacidad para aceptar la derrota con dignidad.


La psicología social llama identificación grupal al proceso mediante el cual incorporamos a un equipo, una institución o una nación dentro de nuestra propia definición identitaria. Esa identificación puede producir pertenencia, solidaridad y propósito compartido. Pero cuando se vuelve extrema, aparece la fusión de identidad: la frontera entre la persona y el grupo prácticamente desaparece. Una agresión simbólica contra el equipo se siente entonces como una agresión personal.


Algo semejante ocurre con el narcisismo colectivo. El grupo se considera excepcional, pero al mismo tiempo siente que los demás no reconocen suficientemente su grandeza. Esa combinación genera susceptibilidad, resentimiento y hostilidad. En esas condiciones, ganar ya no basta: es necesario rebajar al otro. Y cuando se pierde, el triunfo ajeno se experimenta como una ofensa intolerable.


Por supuesto, no estoy tratando de afirmar que todos los argentinos actúan de esa manera. Sería injusto. Se trata de entender lo que sucede cuando una comunidad deposita demasiada autoestima en un resultado deportivo. La misma distinción sirve para empresarios, líderes, políticos y profesionales. La pasión armoniosa fortalece la disciplina, amplía la resistencia y permite perseguir objetivos difíciles. La pasión obsesiva destruye el juicio, convierte toda crítica en una ofensa y transforma a los competidores en enemigos.


Así, podemos concluir que la pasión es una emoción maravillosa, pero necesita dirección. Sin ella, una virtud puede convertirse en fanatismo; la determinación, en violencia; y el orgullo, en incapacidad para aprender. Por eso, no basta con sentir intensamente. También es necesario saber qué hacer con lo que sentimos. Y es que saber utilizar la pasión para bien o para mal es claramente, una Cuestión de Enfoque.

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