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Decidir

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Decidir no es elegir lo que queremos. Decidir es aceptar lo que ya no podremos tener. Por eso cuesta tanto: porque toda decisión verdadera implica una pérdida.


Elegir un camino significa abandonar otros. Apostar por una persona, un proyecto, una empresa, una ciudad o una etapa de vida supone cerrar posibilidades que quizá también tenían valor relevante. La dificultad de decidir no está solamente en la incertidumbre del futuro. Está en la renuncia silenciosa que toda elección exige.


Hoy es incluso más difícil decidir, porque vivimos en una época que deifica las opciones. Pensamos que todo se puede y, por lo mismo, queremos tenerlo todo abierto: varias rutas, varios planes, varias versiones posibles de nosotros mismos. Nos gusta pensar que todo podemos hacer, todo debemos probar y que todo lograremos conservar. Pero esa ilusión tiene un costo. Mientras más puertas queremos mantener abiertas, menos energía tenemos para cruzar una de ellas con verdadera decisión. Por eso, la dispersión en la vida no nace de la falta de talentos o capacidades, sino del miedo a renunciar a varias de ellas.


Hay personas sumamente capaces que pasan años acumulando posibilidades sin convertir ninguna en destino. Tienen ideas, contactos, oportunidades, proyectos, intuiciones y deseos. Pero no tienen dirección. Confunden amplitud con libertad, cuando en realidad viven atrapadas en un exceso de alternativas. No avanzan porque no han aceptado el precio estratégico de avanzar, que necesariamente es dejar algo atrás.


En la vida personal esto ocurre con frecuencia. Alguien quiere una vida más tranquila, pero no está dispuesto a renunciar al reconocimiento que le da vivir saturado. Quiere construir una relación profunda, pero no renuncia a la gratificación inmediata de vínculos superficiales. Quiere salud, pero no renuncia al desorden que la destruye. Quiere paz, pero no renuncia a la necesidad de tener siempre la razón.


En las empresas sucede lo mismo. Muchas organizaciones no fracasan por falta de oportunidades, sino por exceso de frentes abiertos. Quieren crecer en todos los mercados, atender a todos los clientes, lanzar todos los productos, perseguir todas las tendencias y responder a todas las urgencias. El resultado suele ser una operación agotada, un equipo confundido y una estrategia que existe en presentaciones, pero no en decisiones reales. Y es que la estrategia no se demuestra por lo que una organización dice que quiere. Se demuestra por lo que está dispuesta a dejar de hacer.


Lo mismo pasa en la política, en el servicio público y en el ejercicio del poder. Gobernar también es renunciar. No se puede atender todo con la misma intensidad. No se puede quedar bien con todos. No se puede construir futuro si cada decisión está diseñada únicamente para evitar costos inmediatos. La falta de prioridad no es prudencia: muchas veces es miedo disfrazado de equilibrio.


Podríamos entonces afirmar que toda decisión seria ordena la energía. Y toda energía ordenada produce dirección. El problema es que hemos convertido la renuncia en una palabra negativa. La asociamos con derrota y resignación. Pero desde una mirada estratégica, renunciar no siempre es perder. A veces renunciar es recuperar fuerza. Es retirar la atención de lo secundario para concentrarla en lo esencial. Es dejar de alimentar versiones dispersas de uno mismo para construir una versión más clara, más firme y más verdadera. No se construye una vida importante diciendo que sí a todo. No se levanta una empresa sólida persiguiendo cualquier oportunidad. No se gana influencia entrando a todas las batallas. No se alcanza claridad conservando todos los caminos abiertos por temor a equivocarse.


La madurez estratégica empieza cuando entendemos que cada “sí” debe estar protegido por varios no. Decidir, en el fondo, es un acto de carácter. Requiere criterio para distinguir lo importante, valentía para asumir el costo y disciplina para sostener la elección cuando aparezcan dudas. Porque decidir no es sentir seguridad absoluta. Casi nunca existe. Decidir es comprometerse con una dirección aun sabiendo que habrá incertidumbre.


Quien no renuncia, no se enfoca. Quien no se enfoca, se desgasta. Y quien se desgasta en demasiadas direcciones termina perdiendo algo más valioso que una oportunidad: pierde el dominio de su propia vida. Por eso, el éxito no está en tener todas las opciones abiertas, sino en saber cuál vale la pena cerrar para poder avanzar. Y esto, queridos amigos, es otra Cuestión de Enfoque.

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