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Necaxa vs. Atlante, una rivalidad Centenaria, el verdadero clásico del futbol mexicano

Necaxa vs. Atlante, una rivalidad Centenaria, el verdadero clásico del futbol mexicano
Necaxa vs. Atlante, una rivalidad Centenaria, el verdadero clásico del futbol mexicano

15 años y tres meses para volver a verlos en Primera División, Rayos y Potros recuperan uno de los enfrentamientos fundacionales de nuestro futbol, una rivalidad nacida entre trabajadores, barrios populares, ídolos y estadios que ayudaron a construir la pasión mexicana.


Hay partidos que comienzan cuando el árbitro hace sonar el silbato y otros que empezaron mucho antes de que nacieran quienes hoy ocupan las tribunas. Necaxa contra Atlante pertenece a esa segunda categoría, no es únicamente el encuentro que abre una nueva temporada, tampoco es solamente el regreso de los Potros de Hierro a la Primera División, es una puerta que vuelve a abrirse hacia los primeros años del futbol mexicano, cuando los equipos todavía no eran marcas globales, los partidos o ibas al estadio o se seguían por la radio y en las páginas del periódico, las rivalidades representaban a la sociedad,  algo más profundo que noventa minutos sobre una cancha.


Este jueves 16 de julio, el Estadio Victoria de Aguascalientes recibe nuevamente al llamado “Padre de todos los Clásicos”, como parte de la primera jornada del Apertura 2026 la cita está programada a las 19:00 horas y será el primer enfrentamiento entre ambos clubes en el máximo circuito después de 15 años y tres meses, una espera demasiado larga para dos instituciones que participaron en la construcción de la identidad del futbol nacional.


El origen de esta historia se encuentra en la Ciudad de México de los años veinte, en una capital que crecía entre tranvías, fábricas, barrios populares y nuevas formas de entretenimiento, Necaxa había nacido ligado a los trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza, de ahí su primer gran sobrenombre: los Electricistas. Atlante, por su parte, encontró su identidad en las colonias, en los comerciantes, en los obreros y en aquellos sectores que vieron en los colores azulgranas una representación del pueblo. En la cancha se enfrentaban dos equipos, pero alrededor del campo se reconocían dos maneras de habitar la ciudad.


Los registros históricos ubican su primer duelo de liga el 9 de octubre de 1927, con un empate 2-2, aquel marcador parejo parecía anticipar lo que vendría después, una rivalidad capaz de dividir preferencias, llenar parques deportivos y convertirse en uno de los grandes espectáculos de la época amateur. Con el paso de los años, Necaxa y Atlante dejaron de ser únicamente clubes de futbol para transformarse en símbolos sociales, los Electricistas frente al Equipo del Pueblo, dos camisetas que representaban a miles de personas mucho antes de que existieran las campañas publicitarias, los derechos de transmisión o las redes sociales.


La década de los treinta convirtió aquel enfrentamiento en una batalla por la supremacía.


Atlante conquistó su primer campeonato en la temporada 1931-1932 después de derrotar 3-2 al Necaxa en la definición del título, pero la respuesta rojiblanca fue inmediata y contundente: durante la campaña siguiente, los Electricistas vencieron 9-0 a los azulgranas y comenzaron a edificar una de las primeras grandes dinastías del futbol mexicano, aquella generación sería recordada como la de los Once Hermanos, un equipo cuyo entendimiento, disciplina y calidad lo llevaron a conquistar cuatro campeonatos de liga amateur durante la década y a convertirse en el primer conjunto conocido como Campeonísimo.


Del otro lado estaban los llamados Prietitos del Atlante, futbolistas de carácter, barrio y resistencia que convirtieron al club azulgrana en una institución entrañable. Si Necaxa representaba la precisión de una maquinaria eléctrica, Atlante jugaba con la rebeldía de las calles; uno parecía construido desde la organización de sus trabajadores y el otro desde la improvisación creativa del pueblo. Esa diferencia entre técnicos y rudos de origen alimentó la rivalidad y le dio una dimensión que hoy resulta difícil reproducir, no se trataba solamente de ganar puntos, sino de defender una identidad.


La historia todavía guardaba uno de sus episodios más intensos cuando Horacio Casarín, considerado uno de los primeros grandes ídolos de masas del futbol mexicano, brilló con el Necaxa durante la época de los Once Hermanos, pero en 1942 pasó directamente al Atlante, su transferencia por motivos económicos fue mucho más que un movimiento deportivo, significó ver al héroe rojiblanco vestido con los colores del rival, una decisión que aumentó la pasión y el resentimiento entre ambas aficiones. Casarín terminaría convirtiéndose también en una figura histórica del conjunto azulgrana, con el que marcó 120 goles y consolidó una de las trayectorias más importantes de su tiempo.


Después llegaron la profesionalización, las mudanzas, los cambios de propietarios, los descensos y las decisiones administrativas que modificaron el lugar de ambos equipos dentro del futbol mexicano. Necaxa dejó la Ciudad de México para encontrar una nueva casa en la hermosa ciudad de Aguascalientes en 2003, donde el Estadio Victoria con sus majestuosas fuentes danzantes se convirtió en el hogar de los Rayos ahora renombrados por la afición Hidro Rayos. Atlante también recorrió distintas sedes y vivió largos periodos fuera del máximo circuito llegando a ser incluso el equipo de Cancún, Quintana Roo. El clásico fue perdiendo frecuencia, aunque nunca perdió completamente su significado, porque las rivalidades verdaderas pueden alejarse del calendario, pero difícilmente desaparecen de la memoria.


La última vez que Necaxa y Atlante se enfrentaron en Primera División fue el 16 de abril de 2011, durante la jornada 15 del Clausura. El partido terminó empatado 1-1, con anotaciones de Arturo Ledesma para los Rayos y Christian “Hobbit” Bermúdez para los Potros, aquel resultado tuvo un sabor especialmente amargo para el conjunto rojiblanco, porque confirmó matemáticamente su descenso, la imagen de ambos equipos despidiéndose con un empate parecía entonces solamente otro capítulo de una temporada complicada; nadie imaginaba que tendrían que transcurrir exactamente 15 años y tres meses para volver a encontrarse en el escenario que históricamente les pertenecía.


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