Galeto: el abrazo ítalo-brasileño del sur de América
- Humberto Thomé

- 28 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Cultura en Ruta
Territorios que cuentan
Entre polenta, vino y conversación, el galeto celebra la memoria de los inmigrantes italianos y la calidez del alma brasileña.
Hay comidas que no solo se comen: se recuerdan, se habitan, se agradecen. En el sur de Brasil, entre colinas verdes cubiertas de viñedos y pequeñas ciudades con nombres que suenan a melodía italiana; Caxias do Sul, Bento Gonçalves, Garibaldi, el galeto es mucho más que un plato típico. Es una ceremonia sencilla y generosa donde el fuego, la nostalgia y la conversación se confunden con el aroma del ajo y el vino blanco.
Entrar en una galeteria es entrar en otro tiempo. Las mesas, modestas y cubiertas con manteles de una blancura inmaculada, se disponen como si esperaran una gran celebración familiar. No hay menú, porque aquí nadie viene a decidir: uno viene a entregarse. En cuestión de minutos, el desfile comienza. Los meseros avanzan con un ritmo casi coreográfico, sirviendo sin pausa y con una sonrisa cómplice una basta selección de platos que parecen brotar de una cocina que nunca duerme.
Llega primero la polenta frita, dorada y crujiente; enseguida, las pastas que varían en forma y salsas; tomate, crema, pesto, ragú, con combinaciones casi infinitas. Enseguida, la ensalada de papa con mayonesa casera y otras de hortalizas frescas, simples y generosas. Luego aparece la sopa de caldo de pollo con torteis, un plato que recuerda los inviernos fríos de la Serra Gaúcha, cuando las familias se reunían alrededor del fuego. Pero el momento culminante, el verdadero corazón del ritual, llega con las diminutas piezas de ese exquisito pollo rostizado que da nombre al lugar: el galeto al primo canto, jugoso, aromático y de piel dorada, preparado con ajo, vino blanco y hierbas.
Cada bocado sabe a hogar. A los platos de las nonas que cruzaron el Atlántico con sus recetas guardadas en la memoria, adaptándolas al maíz, al vino y a la leña del sur de Brasil. Comer galeto es saborear la nostalgia de la migración italiana y su encuentro con la hospitalidad brasileña, esa mezcla de orgullo campesino y generosidad sin límite que convierte la comida en una fiesta de pertenencia.
El ambiente en una galeteria no tiene artificios: la decoración suele ser sencilla, con fotografías familiares, banderas italianas descoloridas y botellas vacías convertidas en floreros. Lo importante no está en el ornamento, sino en el tiempo. Aquí se come despacio y se come basto. Las conversaciones fluyen entre risas y copas de vino tinto local, a menudo de uvas cultivadas por pequeños productores de la región, mientras el reloj parece detenerse para dejar que el alma repose.
En un país donde el rodizio es casi una religión gastronómica, el galeto representa su versión más íntima, más humana. No hay opulencia ni espectáculo; hay, en cambio, un sentido profundo de comunidad, de herencia y de continuidad. Cada porción servida es un gesto de afecto, una invitación a compartir. Comer galeto no es solo alimentarse: es participar en una historia colectiva que une dos continentes a través de la comida.
Cuando el almuerzo termina, y siempre termina tarde, uno sale con el corazón tibio y el aroma del asador pegado a la ropa. Afuera, el aire fresco de la Serra Gaúcha trae el sonido lejano de alguna iglesia y el murmullo del viento. Todo parece en calma. Tal vez porque el galeto no es solo un plato, sino una forma de vivir: una celebración del tiempo, de la memoria y del gusto de estar juntos.
Cuando visites el sur de Brasil, reserva un mediodía largo para una galeteria. Pide vino, come sin prisa, ríe con los tuyos. En cada trozo de pollo, en cada cucharada de sopa, descubrirás el alma mestiza de un país que supo convertir la nostalgia en una mesa generosa, donde siempre hay lugar para uno más.





















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