Conocerse para dirigir

Entre la pereza y el exceso, entre la huida y el ataque: el director que se mira con honestidad encuentra su justo
medio.
Continuamos con algunos temas que nos ayudarán a ser mejores personas y mejores directores (líderes). Recordemos
que cada día que despertamos es una oportunidad de hacerlo; por eso no hay que perder tiempo con nuestras
automatizaciones, que a veces son vicios y a veces virtudes.
El justo medio de las virtudes
Las virtudes son la parte media de las acciones; es decir, los extremos son igual de malos. De ahí la complejidad de
diferenciarlas y de encontrar su justo medio: toda virtud tiene un vicio por defecto y un vicio por exceso. Por ejemplo, la laboriosidad es la parte media, porque tiene un vicio por defecto, que es la pereza —privilegia el mínimo esfuerzo, todo le da
flojera, no se compromete con nada y rehúye la responsabilidad; podemos ser nosotros, nuestros colaboradores o ¡nuestros hijos!—, y un vicio por exceso, que es el workaholic: solo vive para trabajar y siempre encontrará “razones” para seguir
trabajando.

Se puede apreciar que preferiríamos a ese tipo de personas antes que a las perezosas; sin embargo, a la larga terminarían en
burnout, con un desgaste profesional y emocional y, muchas veces, con familias desintegradas por su ausencia. Tal vez, en el
fondo, decide quedarse a trabajar porque no tiene un buen ambiente en el seno del hogar.
Por eso es tan importante, al momento de perfeccionar nuestro actuar, distinguir la virtud que quiero adquirir, porque las
virtudes, como los vicios, se adquieren con la práctica. Malcolm Gladwell, en su libro Fuera de serie, decía que para ser el mejor
en cualquier disciplina se deben practicar 10,000 horas; es decir, cuatro horas diarias durante diez años (descansando sábados
y domingos). Solo así seremos los mejores en lo que nos propongamos.
Claro, cabe hacer la pregunta: ¿sabemos si lo que estamos haciendo nos daña o no nos mejora? Por eso, un ejercicio que deberemos practicar una y otra vez es el del autoconocimiento: ¿quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué es lo que nos
hace despertar y salir por la vida? Las respuestas que tengamos definirán nuestra hoja de ruta, en lo personal y en los negocios.
El miedo y sus tres reacciones
El ejercicio de autoconocimiento nos presenta varios retos, como la sinceridad con nosotros mismos y no autoengañarnos. Un ejercicio profundo implica ver aquello que sabemos que no nos gusta de nosotros y que, por eso, reflejamos como enojo hacia
las personas que nos recuerdan lo que somos. Entra el miedo en escena, y el director no puede darse el lujo de tener miedo, porque se considera un síntoma de debilidad.
Ahora bien, ¿por qué los seres humanos tenemos miedo? El miedo, como otra emoción, nos ayuda a preservar la vida. En el pasado, cuando aparecieron los primeros hombres, vivían en modo alerta porque, si no, podían ser alimento de algún depredador; el miedo, por tanto, les permitía sobrevivir. Todo ser vivo, ante una amenaza en el entorno, tiene tres reacciones.
Si soy una gacela y veo un león, el primer instinto es huir: correr más rápido que el león si no quiero ser su alimento. Hay otros
animales que se camuflan con el entorno, como los camaleones, o que se hacen los muertos, como las zarigüeyas. Pero hay
otros que, ante la amenaza, atacan —como el tigre ante el león— porque están en igualdad de circunstancias.

En el ser humano pasa un poco lo mismo. Ante un cambio en el entorno laboral, familiar, empresarial, de cualquier tipo,
algunos huyen de la confrontación porque se sienten más débiles y creen que de esta forma pueden sobrevivir: deciden
cambiar de trabajo, de esposa(o), de amistades, etc. Hay otros, los típicos “políticamente correctos”, que buscan pasar
desapercibidos en las juntas de trabajo: procuran ni moverse para que no les pregunten, rehúyen la mirada y, si por alguna razón les piden su opinión, su respuesta siempre será apoyar la del jefe; nunca se arriesgarían a expresar una opinión, aunque sea valiosa. Pero hay otros que atacan, como en una lucha de machos o hembras alfa, porque se sienten lo suficientemente capaces y fuertes para defender su posición aunque sea equivocada: lo que importa es ganar la discusión y no quedarse callado.
Seguro en nuestro entorno tenemos alguna de estas actitudes, ya sea en nuestros colaboradores o en nuestra familia. Las tres
posiciones reflejan miedo, y este miedo se origina desde nuestras primeras experiencias de vida: los psicólogos dicen que de los 0 a los 3 años se define esta posición, que de los 3 a los 6 se puede modificar y que, después de los 6, será nuestro sistema de creencias el que nos permita funcionar bien o mal en la vida.
El tamaño justo de nuestros miedos
Por eso es tan importante el autoconocimiento: para poder identificar aquellas conductas que destruyen valor en nuestra vida y tratar de darles el justo tamaño a nuestros miedos. A diferencia de los animales, que viven el aquí y el ahora y, si ven que la amenaza ya no está, vuelven a hacer lo que estaban haciendo, nosotros, aunque la amenaza ya no esté, seguimos imaginando que no se ha ido, que en cualquier momento me toca a mí. ¿Qué va a ser de mí si pierdo mi empleo, como mi compadre? ¿Y si mi dolor de cabeza es un tumor y me tienen que operar? ¿Y si es cáncer y mi seguro no lo cubre? ¿Y si pierdo a este cliente, cómo pagaré la nómina? ¿Y si no me pagan a tiempo la factura? ¿Y si la competencia se lleva a nuestros clientes? ¿Y si con esta normatividad me cierran el negocio? Es un interminable “y si, y si, y si…”.
Más del 90 % de nuestros miedos imaginarios nunca pasan.
El ejercicio honesto y humilde del autoconocimiento nos dará una perspectiva valiosa y útil de cómo somos y de por qué hacemos lo que hacemos. Como directores, deberemos ser conscientes de que la realidad es como es, pero nuestra forma de mirarla determina en qué nos fijamos y, por lo tanto, qué dejamos de ver. El punto clave no lo encontraremos en el conocimiento ni en las habilidades, sino en la actitud y en la forma de mirar y entender la realidad.
¿Qué queda entonces?…
Debemos tener una actitud abierta ante los desafíos, una capacidad de aprender y una sana seguridad en la capacidad personal
de adaptarse a los cambios y hacer frente a los miedos e incomodidades que trae este genuino ejercicio de autoconocimiento.
Una frase para reflexionar, que nos invita al ejercicio de conocernos:

En las siguientes sesiones seguiremos hablando de qué sigue una vez que ya nos conocimos otra vez, porque debe ser un
ejercicio continuo, como la mejora continua de nuestros procesos operativos. El ser humano es una tarea inacabada en el
camino del perfeccionamiento personal y profesional: esto no es una carrera de 100 metros, es un maratón. Así es que…









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