Casa Murciélago: el vuelo del mezcal en el corazón de Coyoacán
- Humberto Thomé

- 21 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Cultura en Ruta
Territorios que cuentan
En una barra diminuta donde apenas caben ocho personas, se resguarda la diversidad espiritual y sensorial del México profundo: más de 300 mezcales que narran historias de agaves, campesinos y paisajes.
Coyoacán siempre ha conservado un aire del campo dentro de una de las urbes más grandes del mundo. Sus calles empedradas, los jardines con buganvilias, las plazas donde se mezclan turistas y parroquianos, los cafés con historia y los mercados que huelen a mole y a fruta madura. Pero entre los muchos rincones que pueblan su trazado colonial, hay uno que parece condensar, en apenas unos metros cuadrados, una de las historias más profundas del México contemporáneo: la del mezcal y su resurgir como emblema cultural. Ese lugar se llama Casa Murciélago, una diminuta barra en la que difícilmente pueden sentarse ocho personas, pero donde cabe, simbólicamente, todo el país.
Llegué una tarde luminosa, de esas en las que Coyoacán parece suspendido entre el pasado y el presente. El local está escondido en un pequeño pasaje donde confluyen una cafetería, una barra de cervezas artesanales, un estudio de tatuajes y una cocina de antojitos modernos. Un ecosistema de oficios urbanos donde el mezcal ocupa el lugar que merece: el de un ritual de encuentro y conversación.
En la entrada, una discreta placa con el logo del murciélago invita a acercarse. Dentro, una barra angosta de madera, botellas alineadas como soldados de cristal, etiquetas que resplandecen bajo una luz ámbar. El ambiente tiene algo de místico: una penumbra amable que invita al silencio o a la charla baja. No hay pantallas, ni contaminación visual, sólo el sonido de los vasos y el aroma tenue del agave cocido.
El cantinero, que en este caso es también curador, pedagogo y anfitrión, me recibió con una sonrisa cómplice. Antes de preguntar qué quería, lanzó una pregunta que define el espíritu del lugar: “¿Qué tipo de experiencia estás buscando?”. No se trata aquí de beber, sino de explorar.
La carta de Casa Murciélago es un mapa del México profundo: más de 300 etiquetas provenientes de todos los estados mezcaleros del país. Cada una cuenta una historia. Oaxaca, Guerrero, Durango, San Luis Potosí, Puebla, Michoacán, Zacatecas, Estado de México… territorios donde los palenques familiares siguen destilando con métodos ancestrales, donde el maguey es un cultivo de paciencia y sabiduría. Hay mezcales de tobalá, tepeztate, arroqueño, cuishe, salmiana, papalote, y tantos otros que parecen nombres poéticos antes que botánicos. Todos rondan los 45 grados o más, y cada uno destila una identidad campesina que ha sobrevivido al olvido y al tiempo.
Antes de decidirme por un trago, me ofrecieron probar tres mezcales: un arroqueño de Miahuatlán, de aroma vegetal y textura aterciopelada; un salmiana potosino, más seco y terroso, con notas de chile y hierba buena; y un papalote silvestre de Guerrero, salvaje y mineral, con un final ahumado que se quedaba en la lengua como una sombra cálida. La degustación fue un pequeño viaje sensorial, una suerte de cartografía líquida que recordaba la diversidad ecológica y cultural de México.
Mientras elegía mi trago, me decidí por el arroqueño, el cantinero me hablaba de los productores, de los pueblos, de los métodos de cocción y molienda, de los hornos de piedra, de los alambiques de cobre y los de barro. En Casa Murciélago, cada botella es también una clase de geografía, de historia y de antropología rural.
En esa barra estrecha, los brazos se rozan inevitablemente. Las conversaciones fluyen con naturalidad: sobre política, sobre viajes, sobre música o sobre el misterioso equilibrio entre lo sagrado y lo etílico. En algún momento, alguien pidió un mezcal de pechuga y otro habló de su visita a Santa Catarina Minas. El ambiente era el de una tertulia espontánea, de esas que surgen cuando el alcohol no embriaga sino que afina los sentidos.
El murciélago, dicen mi anfitrión, representa el espíritu del agave: es quien lo poliniza en la oscuridad, asegurando la continuidad de la especie. No hay símbolo más justo para un lugar así: discreto, nocturno, fundamental.
Al salir, la noche de Coyoacán se desplegaba con su bullicio amable. Pensé que un día bien vivido en este barrio puede incluir desayunar en el mercado, pasear por los museos de Frida o Trotsky, comer una nieve bajo los laureles y terminar aquí, con un trago que condensa siglos de historia rural. Casa Murciélago no es sólo una mezcalería: es un pequeño santuario urbano donde México se bebe con respeto, con curiosidad y con gratitud.





















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