El poder de la conversación

En tiempos de inteligencia artificial, redes sociales y teléfonos celulares que reclaman nuestra atención a todas horas, estamos descuidando una de nuestras capacidades más valiosas: conversar para comprendernos, disentir con respeto y construir acuerdos. Una vieja costumbre familiar que hoy extraño y que, sin pretenderlo, terminó por enseñarme buena parte de lo que sé sobre la comunicación.
Hay cosas que uno comienza a extrañar cuando descubre que, sin hacer demasiado ruido, han ido desapareciendo de nuestra vida cotidiana. No me refiero necesariamente a las personas, los lugares o los objetos. Pienso, por ejemplo, en aquellas conversaciones largas, sabrosas, a veces encendidas, que comenzaban con cualquier pretexto y terminaban varias horas después, cuando alguien advertía que ya era demasiado tarde. Y entonces, todavía quedaba algo por decir.
En mi casa se conversaba mucho. No recuerdo que mis padres nos hubieran reunido alguna vez para enseñarnos formalmente el valor del diálogo. Simplemente era parte de nuestra manera de vivir. Conversábamos por gusto, por necesidad, por curiosidad y, algunas veces, porque entre siete hermanos siempre había algo que discutir, aclarar, contar o defender.
Guardo especialmente en la memoria aquellas noches en que regresaba de trabajar como locutor. Mi señora madre solía esperarme con una rica cena, preparada con ese cariño que sólo las madres saben poner en las cosas aparentemente pequeñas. Yo llegaba cansado, pero con unas ganas enormes de sentarme a conversar con ella. Me enteraba de lo sucedido durante el día, de mis hermanos, de la escuela, de los asuntos familiares, de alguna novedad en la comunidad. Y yo le contaba lo mío. No había agenda ni reloj que nos apurara. Había tiempo para escucharnos. Y el café, por supuesto, era indispensable.
Mi padre tenía otra manera de alimentar aquellas conversaciones. Todos los días aparecía sobre la mesa de la sala un ejemplar de El Sol de Toluca. Era mucho más que el periódico del día. Representaba una invitación a enterarnos de lo que sucedía fuera de casa, a formarnos una opinión y, cuando había oportunidad, discutirla. La edición dominical tenía su propio encanto: mis hermanos y yo prácticamente nos disputábamos las páginas de cómics y caricaturas.
La llegada semanal de la revista Proceso era casi una ceremonia familiar. Éramos siete hermanos y teníamos que organizarnos para que todos encontráramos oportunidad de leerla completa. Apenas terminaba la semana y ya esperábamos con entusiasmo el ejemplar del domingo. Aquella publicación fundada por Julio Scherer en 1976 nos ofrecía material de sobra para intercambiar ideas, que después llevábamos al trabajo, a la universidad o a las reuniones con los amigos.
Había lecturas que nos indignaban, otras que nos sorprendían y muchas que provocaban desacuerdos. Pero ahí estaba precisamente lo interesante. No teníamos que pensar igual para disfrutar la conversación.
Y no todo era política o información nacional. Por aquella casa circulaban libros de distintos géneros, novelas, crónicas, ensayos y novedades editoriales que pasaban de unas manos a otras. Así conocí a autores que terminarían por acompañarme durante muchos años: Julio Verne, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez y tantos otros que ahora me llegan a la memoria en cascada.
Recuerdo con especial cariño las pequeñas competencias entre mis hermanos mayores, mi padre y yo para decidir a quién le tocaba comprar Mecánica Popular, Life, Impacto o Selecciones del Reader's Digest. También aparecían Kalimán, El Libro Vaquero, El Capulinita, Notitas Musicales y La Familia Burrón.
¡Qué extraordinaria mezcla de lecturas!
Podíamos pasar de una investigación periodística a las aventuras de Kalimán, de un artículo científico a una historieta de Gabriel Vargas. Y nadie encontraba contradicción en ello. Todo despertaba curiosidad, todo ofrecía algo que comentar. Con el tiempo comprendí que aquellas publicaciones nos estaban enseñando mucho más que los asuntos contenidos en sus páginas: nos obligaban a construir argumentos, defender interpretaciones, reconocer que alguien sabía algo que nosotros ignorábamos y, de vez en cuando, aceptar que nuestra opinión necesitaba corregirse.
La radio completaba aquella educación sentimental e intelectual. En casa escuchábamos a Tres Patines y sus disparatadas ocurrencias, pero también las conversaciones de Paco Huerta, los programas de Héctor Martínez Serrano y, más adelante, el inolvidable Monitor de José Gutiérrez Vivó. Aquella radio tenía la virtud de dejar algo dando vueltas en la cabeza. Uno apagaba el aparato, pero el programa continuaba en la mesa, en la sobremesa o durante la siguiente reunión familiar.
En Toluca, además, uno podía aprender a conversar caminando por sus calles. Los Portales eran algo más que un conjunto de comercios. Había encuentros, saludos, discusiones improvisadas y personajes que parecían tener siempre una historia que contar. Todavía recuerdo aquellas ocasiones en que, al salir del trabajo y antes de apresurarme para tomar el autobús de regreso a casa, me detenía cerca del histórico Café del Rey, junto a la XECH, aquella estación que formaba parte de la vida cotidiana de nuestra ciudad.
Ahí estaban don Armando Mayo Camacho y don Roberto Martínez Magadán, dos locutores a quienes recuerdo con enorme gratitud. Yo los abordaba con una pregunta y, apenas recibía respuesta, ya estaba preparando la siguiente. Quería saberlo todo: cómo se hacía radio, cómo se preparaba una entrevista, cómo se conseguía que alguien hablara frente al micrófono con naturalidad. Fueron tantas mis preguntas que terminaron por bautizarme como «El niño preguntón».
Qué maravilloso apodo. Y qué privilegio haber encontrado personas dispuestas a compartir conmigo su tiempo, sus conocimientos y, sobre todo, sus experiencias. Aquel muchacho no imaginaba que esas conversaciones terminarían por convertirse en parte esencial de su vida profesional.
Después vendrían mis propios años dentro de la radio, primero aprendiendo sus oficios y más adelante contribuyendo a su desarrollo. Entre tantos recuerdos conservo las interminables charlas, antes de entrar al aire, con el gran Jesús Azamán Uzcanga, mientras yo trabajaba como operador de audio. Fue fundador del emblemático programa Línea en Alta Tensión, de la XHNX-FM, una emisora que terminaría convirtiéndose también en objeto de estudio de mi tesis de licenciatura en la UAEMéx. La radio me enseñó a hablar frente a un micrófono, pero fueron aquellos hombres quienes me ayudaron a comprender la importancia de saber escuchar.
Tampoco puedo dejar fuera a mis maestros Isaías Saldívar, Ezequiel González y don Eugenio Núñez Áng. Cuántas enseñanzas recibí conversando con ellos. Algunas surgían de una pregunta sencilla; otras, de discusiones que obligaban a reconsiderar lo que uno creía saber. No siempre coincidíamos, pero nunca sentí que disentir fuera una falta de respeto. Había algo estimulante en escuchar a alguien defender una idea con argumentos y descubrir que podíamos aprender incluso sin estar de acuerdo.
He pensado mucho en todo aquello durante estos últimos años.
Hoy vivimos rodeados de dispositivos extraordinarios. Tenemos acceso inmediato a bibliotecas enteras, noticias de cualquier rincón del mundo y sistemas de inteligencia artificial capaces de elaborar en segundos respuestas que antes nos habrían llevado horas investigar. Las redes sociales nos conectan con miles de personas, aunque paradójicamente muchas veces nos acercan a quienes tenemos lejos y nos alejan de quienes están sentados a nuestro lado.
Un teléfono celular puede acompañarnos a todas partes. También puede robarnos una sobremesa entera.
Me preocupa observar cómo esa abundancia de información convive con nuestra creciente dificultad para conversar. Discutimos para imponernos, buscamos el dato que desacredite al otro, confundimos la contundencia con la razón y, muchas veces, consideramos una derrota reconocer que alguien tiene mejores argumentos que nosotros. Hemos convertido demasiadas conversaciones en competencias de superioridad, donde escuchar parece una concesión inadmisible.
Y esto no ocurre solamente en las redes sociales. También sucede en las empresas, las instituciones y los espacios donde se toman decisiones. He participado en reuniones donde todos hablan y pocos escuchan; he conocido directivos que solicitan opiniones, pero castigan la discrepancia; equipos que prefieren guardar silencio antes que contradecir a quien manda. Ahí comienzan muchos de los problemas que después pretendemos resolver mediante comunicados, campañas o costosas estrategias de reputación.
Porque conversar también es una forma de dirigir. Es reconocer diferencias, descubrir errores, comprender intereses y construir acuerdos que ninguna orden, por bien redactada que esté, consigue por sí sola. Una organización donde nadie se atreve a contradecir a quien decide puede parecer disciplinada, pero también puede estar incubando sus próximas equivocaciones.
No pretendo idealizar el pasado. En aquellos años también había intolerancia, imposiciones y silencios. Ni toda conversación era enriquecedora ni todas las familias tenían la fortuna de cultivar aquel hábito. Tampoco considero que la tecnología sea enemiga del diálogo. Sería absurdo afirmarlo cuando sus posibilidades para ampliar nuestro conocimiento son tan extraordinarias.
Lo que sí me inquieta es que, mientras las máquinas aprenden a conversar con nosotros, nosotros parecemos estar perdiendo la paciencia para hacerlo entre seres humanos. Cada vez resulta más fácil encontrar una respuesta inmediata y más difícil encontrar a alguien dispuesto a escuchar una pregunta hasta el final.
Quizá por eso extraño tanto aquellas cenas con mi madre, el periódico que mi padre dejaba sobre la mesa, las revistas que compartíamos entre hermanos, las emisiones de radio que seguían resonando después de apagado el aparato y las interminables preguntas que hacía en los Portales de mi querida Toluca.
Extraño, sobre todo, aquella generosidad de regalar tiempo para conversar.
Hoy comprendo que mis padres, mis hermanos, mis maestros y aquellos hombres de la radio me heredaron algo que ningún título académico podría sustituir: la curiosidad por escuchar, el gusto por intercambiar ideas y la convicción de que siempre hay algo que aprender de los demás.
Y todavía me considero aquel niño preguntón.
Sólo que ahora, después de tantos años, tengo una certeza que antes apenas intuía: el verdadero poder de la conversación no consiste en demostrar cuánto sabemos, sino en descubrir cuánto podemos comprender juntos.
Para no olvidar
Podemos tener toda la información del mundo al alcance de la mano y seguir siendo incapaces de ponernos de acuerdo. La tecnología nos ayuda a encontrar respuestas; conversar nos permite encontrarnos unos a otros.








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