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Se nos adelantó

Uno de los grandes propósitos de las relaciones públicas es fortalecer los vínculos entre las personas. Lo hacemos cuando celebramos logros, alcanzamos metas o atravesamos periodos de prosperidad; pero también cuando enfrentamos pérdidas, incertidumbre y dolor.


Por eso, aunque pocas veces se habla de ello, las relaciones públicas también están presentes en los funerales.


No desde la promoción ni desde la visibilidad. Tampoco desde el interés institucional. Están presentes cuando una persona, una organización o una comunidad decide acompañar con respeto, sensibilidad y empatía a quienes atraviesan un duelo.


Sin embargo, no todas las empresas, líderes o figuras públicas están preparadas para actuar con humanidad en esos momentos.


Mi colega, Rocío Regalado, experta en protocolo, suele decir algo que resume perfectamente esta idea: “El protocolo funerario no es opcional, es cultura. Porque no se trata solo de asistir. No se trata de la presencia, sino de la comprensión. Y cuando esa comprensión no existe, se nota. Hay quienes acompañan con altura y quienes se exhiben sin comprender el contexto. El comportamiento en momentos de duelo también construye reputación”.



¿Por qué hoy te escribo de esto en Rapport?


Porque este fin de semana recordé distintos momentos en los que me ha tocado despedir a seres queridos o acompañar a personas cercanas durante una pérdida. Experiencias profundamente distintas entre sí, pero que me dejaron la misma enseñanza: en los momentos más difíciles, las personas nunca olvidan quién estuvo presente y cómo decidió acompañar.


Hace algunos años, mientras desarrollaba un plan de comunicación para una empresa poblana, falleció uno de sus agentes de ventas que cubría la zona sur del país.


Mi reacción inmediata fue solicitar la información necesaria para elaborar una esquela institucional y conocer dónde se realizarían los servicios funerarios. La intención era sencilla: informar a los colaboradores, expresar condolencias y enviar un arreglo floral a nombre de la organización.


Lo que ocurrió después me sorprendió. La gerente general me preguntó con total seriedad:

—¿Y la esquela para qué nos sirve?

—¿Cuánto cuesta el arreglo?

—¿Es realmente necesario ir al velorio?


En ese momento comprendí que para la organización, y de manera particular, para esa autoridad, la imagen, la empatía y la solidaridad no existían, y su toma de decisiones estaba arraigada en la rentabilidad más que en la humanidad.


Comenzó entonces un ejercicio de convencimiento. Expliqué que la esquela permitiría que colaboradores de distintas ciudades conocieran la noticia y pudieran expresar sus condolencias. Que el arreglo floral era una manifestación tangible de respeto hacia la familia. Que acudir al funeral no era una obligación corporativa, sino un gesto elemental de solidaridad.


Porque cuando una empresa acompaña a una familia en un momento de pérdida, no está invirtiendo en imagen; está demostrando que reconoce el valor humano de las personas que forman parte de ella.


Finalmente, el arreglo fue autorizado. La esquela también. Aunque debo confesar que terminó impresa en un cuarto de hoja y colocada en el corcho de la oficina de la gerente, bajo el argumento de que “ahí la verían todos”. La realidad, es que casi nadie la vio, y ni hablar de que hayan asistido al funeral. Y quizá eso fue precisamente lo más simbólico de toda la historia.


Años después viviría una experiencia completamente distinta.

Cuando fallecieron mis abuelos maternos, un vecino muy querido por nuestra familia llegó al velorio con alimentos para todos los presentes. Primero fueron tacos y refrescos. Después, sándwiches y café.


Podría parecer un detalle menor. No lo fue.


No porque la familia necesitara esos alimentos, sino porque alguien decidió convertir la empatía en acción. Dispuso de su tiempo, de sus recursos y de su cariño para acompañarnos. Hasta el día de hoy seguimos recordando ese gesto.


Él, no sabe de relaciones públicas. Sin embargo, entendió algo que muchos profesionales olvidan: las personas recuerdan cómo las hiciste sentir.


En Michoacán existe una costumbre similar conocida como “dar el medio”, una práctica mediante la cual familiares, vecinos y amigos aportan dinero, café, pan, azúcar, flores o cualquier otro apoyo para acompañar a quienes atraviesan una pérdida.


Más allá del valor económico, estas acciones representan algo mucho más importante: comunidad. Representan la certeza de que nadie debería enfrentar el dolor en soledad.

Y justamente sobre eso reflexioné nuevamente este fin de semana.


El sábado, en medio de mi clase, me informaron el deceso de uno de mis alumnos.  Fue una noticia que me causó escalofríos y mucha tristeza. Un joven de 19 años, que tenía cualidades que lo hacían destacar de los chicos de su generación.


Tres semanas antes habíamos conversado sobre sus planes, sus metas y los proyectos que soñaba emprender cuando concluyera la universidad. La noticia cayó como un golpe inesperado. En el salón se mezclaron el silencio, la incredulidad y la tristeza.


Al terminar la clase, varias alumnas tomaron la iniciativa de reunir recursos para apoyar a la familia. Poco a poco se sumaron estudiantes, docentes y personal administrativo. Algunos aportaron veinte pesos; otros pudieron contribuir con más. Pero todos dieron desde el afecto y el respeto. Aquella respuesta colectiva me conmovió profundamente.


Por la tarde, durante el velorio, se entregó a la familia lo reunido. Sin duda fue una ayuda valiosa; sin embargo, comprendí que el verdadero significado de aquella colecta no estaba en la cantidad entregada, sino en el mensaje que acompañaba cada aportación:

-          “Su hijo fue un gran amigo”.

-          “Fue un gran compañero.”

-          “Se notaba que le apasionaba su carrera.”



En relaciones públicas solemos hablar de reputación, confianza y vínculos. Pero pocas veces recordamos que esos conceptos alcanzan su máxima expresión cuando la vida nos enfrenta con la ausencia.


Porque no hay estrategia más poderosa que una presencia sincera. No hay mensaje más efectivo que una palabra de consuelo. No hay acción más memorable que una muestra auténtica de solidaridad.


La empatía también comunica. La humildad también construye reputación. La solidaridad también fortalece comunidades. Y cuando estas acciones nacen del corazón, dejan de ser simples actos protocolarios para convertirse en recuerdos imborrables.


Este fin de semana confirmé que incluso en medio del duelo seguimos construyendo relaciones. No desde los reflectores ni desde la conveniencia, sino desde la esencia más humana de nuestra convivencia: acompañarnos.


Porque los funerales no son únicamente espacios para despedir. También son lugares donde una comunidad recuerda quién fue una persona, qué sembró en los demás y por qué su paso por esta vida dejó una huella.


Es ahí donde se construye memoria colectiva.


Aquel joven de 19 años, mi alumno, no se fue del todo, simplemente se nos adelantó. Y mientras quienes lo conocimos sigamos hablando de sus sueños, de sus virtudes y de la marca que dejó en nuestras vidas, seguirá ocupando un lugar entre nosotros.


Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de las relaciones humanas: que el afecto trasciende la ausencia y que, aun en medio del dolor, las personas continúan viviendo en la memoria y en el corazón de quienes tuvieron el privilegio de conocerlas.

 

Rapport: RP inteligente para un mundo urgente.

YV I Yunuen Vázquez 

Comunicación I Relaciones Públicas I Conducción I Consultoría

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