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El Mundial que soñé toda la vida

El Mundial que soñé toda la vida
El Mundial que soñé toda la vida

Cuando tenía entre ocho y diez años era la única niña que jugaba fútbol durante el recreo, no lo recuerdo como un acto de rebeldía, simplemente me gustaba jugar. Mientras otros discutían si las niñas debían estar ahí o no, yo corría detrás del balón convencida de que ese era exactamente mi lugar.


A los doce años quise hacer pruebas para ingresar a la escuela de fútbol del equipo de primera división de mi ciudad. No me dejaron, no porque no supiera jugar,no porque no tuviera ganas, no porque no estuviera dispuesta a intentarlo. No me dejaron porque no existía un equipo femenil, así de simple, así de definitivo. 


Por eso me resulta inevitable sonreír cada vez que escucho "La niña futbolista", la canción que hoy acompaña la promoción del Mundial. La versión de Julieta Venegas —aunque celebro la intención— me parece una adaptación desafortunada de una canción entrañable que prefiero recordar en su versión original, interpretada por Patita de Perro. 


La escuché durante años junto a mis hijos en Grillos Madrugadores, el programa matutino de Radio Mexiquense, pero en realidad la canción tiene una historia mucho más larga. Fue publicada hace más de dos décadas como parte del álbum Los Derechos de los Niños y hablaba de algo que entonces seguía siendo una realidad para muchas niñas: la dificultad de encontrar un lugar dentro de las canchas. Quizá por eso me conmueve tanto, porque yo fui una de esas niñas sin embargo, también creo que parte de su mensaje ha perdido vigencia, y qué bueno que así sea.


Hoy veo niñas y niños jugando fútbol indistintamente. Las escuelas cuentan con equipos femeniles, varoniles y hasta mixtos. Existe una liga profesional consolidada. Las futbolistas mexicanas compiten al más alto nivel y cada vez más niñas crecen sabiendo que sí hay un lugar para ellas dentro de este deporte.


Aquel club que en 1997 no tenía espacio para una niña como yo, hoy tiene uno de los mejores equipos de la Liga MX Femenil, lo sé porque juega los lunes en el estadio que veo desde la oficina donde grabamos nuestros programas, el mismo estadio donde juega el equipo varonil.


Eso no significa que la tarea esté terminada pero sí significa que el reto ya no está únicamente del lado de los clubes, las instituciones o las jugadoras. Ahora también nos corresponde a nosotros como afición. Nos toca llenar estadios, consumir sus transmisiones, conocer a sus figuras, hablar de sus logros y acompañar el crecimiento de un fútbol femenil que durante demasiado tiempo tuvo que abrirse camino solo.


Pero cuando pienso en los mundiales, lo primero que viene a mi memoria no es el fútbol femenil ni la igualdad de oportunidades.


Lo primero que recuerdo es la emoción.


Recuerdo el Mundial de Estados Unidos en 1994 y aquella pegajosa campaña de "México, Let's Go", que parecía sonar en todos lados. Recuerdo Francia 98 y la locura colectiva que provocó Ricky Martin cantando "Go, go, go, ale, ale, ale". Recuerdo a mis maestros de biología y física permitiéndonos llevar una televisión al salón para ver los partidos. Recuerdo a ese pobre compañero al que no le gustaba el fútbol y que terminaba sosteniendo la antena para que el resto pudiéramos distinguir, entre la estática, una mancha verde llena de puntitos moviéndose por la pantalla y aun así nos emocionábamos, nos emocionábamos muchísimo.

Después llegó Corea-Japón 2002. Ya estaba en la prepa y podía desvelarme para ver los partidos en vivo, entonces parecía imposible imaginar cuándo volvería a jugarse un Mundial en México.


Mi papá y yo hablábamos de eso de vez en cuando, algún día volvería, algún día tendríamos la oportunidad de vivir juntos una Copa del Mundo en nuestro país y como tantas promesas que hacemos sin pensar en el paso del tiempo, quedó guardada entre conversaciones, sobremesas y partidos compartidos frente al televisor.


Y ahora que finalmente ha ocurrido, resulta extraño admitirlo: es el Mundial que más lejos se siente de todos.

Más lejos que Sudáfrica.

Más lejos que Brasil.

Más lejos que Qatar.


Porque durante años imaginé compartir con mis hijos la emoción que yo había vivido de niña. Ellos tienen hoy edades muy parecidas a las que yo tenía cuando me enamoré de las Copas del Mundo, quería que sintieran esa misma expectativa, quería llevarlos a un estadio mundialista, quería cumplir, a través de ellos, aquella promesa que mi papá y yo nos hicimos hace tantos años: ir juntos al próximo Mundial que se jugara en México. 


Esa promesa, la que le hice a mi papá, la que quería cumplirles a mis hijos, no podré cumplirla en esta ocasión. Porque asistir se ha convertido en un privilegio fuera del alcance de muchas familias. Los boletos tienen precios que resultan simplemente imposibles para una familia mexicana promedio. La mercancía oficial parece diseñada más para exhibirse en una vitrina que para usarse. Y hasta reunirse con otras personas para disfrutar los partidos implica enfrentar restricciones y costos que antes ni siquiera imaginábamos.


Entonces recuerdo aquellos años en que asistir al fútbol no requería meses de ahorro, cuando una camiseta era una camiseta, sin importar si pertenecía al torneo actual o al de años anteriores, cuando lo importante era vestir de verde, sentarse con amigos frente a una televisión y celebrar juntos una victoria o lamentar una derrota.


Tal vez por eso este Mundial me provoca sentimientos encontrados.


Por un lado, representa muchas de las conquistas que mi generación soñó: más espacios para las mujeres, una visión más incluyente del deporte y la posibilidad de volver a ver a México como anfitrión de la mayor fiesta del fútbol.


Por otro, también deja la sensación de que el espectáculo se ha vuelto cada vez más distante para muchas de las familias que crecimos amándolo.


Pero quizá ahí está la verdadera lección, porque el fútbol nunca ha vivido solamente en los estadios, ni en los boletos, ni en la mercancía oficial. El fútbol vive en las canchas de las escuelas, en los partidos improvisados durante el recreo, en las desveladas para ver un juego al otro lado del mundo, en las promesas que hacemos con quienes amamos y en los recuerdos que construimos alrededor de un balón.


Yo no podré cumplir aquella promesa de ir al Mundial en México junto a mi papá, tampoco podré vivirlo con mi esposo y mis hijos de la manera en que alguna vez imaginé, pero sí puedo compartir con ellos algo mucho más valioso: la emoción.


La emoción de apoyar juntos a una selección, de celebrar un gol abrazados en la sala de la casa, de recordar las historias de aquellos mundiales que marcaron mi infancia y de disfrutar en familia el deporte que me abrazó cuando era niña.


Y quizá, al final, ese sea el verdadero legado de cualquier Mundial.


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